En las primeras tardes de Gistar, los profesores se sentaban a esperar alumnos que no llegaban. El club había abierto en marzo de 2024 y el alquiler ya corría. Gisselle Jara, su directora y fundadora, recuerda esa incertidumbre al mirar las fotos del comienzo. Ahora, las tardes y noches tienen otro movimiento, con chicos que llegan para sus clases y familias que ya conocen el lugar.
Más de dos años después, allí conviven niñas que aprenden gimnasia artística, chicos que practican parkour y adultos que se animan a probar acrobacias. Algunos se preparan para competir; otros vienen a moverse, aprender y compartir. El equipo pasó de tres a ocho profesores y el espacio fue creciendo con sus alumnos.
Gisselle Jara durante su etapa como gimnasta, antes de fundar el club donde ahora comparte su experiencia
Quince días para abrir
“Yo tenía la llave del lugar y nada más”, cuenta la directora. Cuando consiguió alquilar el local junto a Marcelo, entonces su novio y ahora su esposo, tenían unos quince días para acondicionarlo y G. 5 millones para preparar los primeros implementos.
Compraron materiales y fabricaron colchonetas y otros elementos, con el asesoramiento a distancia de su antiguo entrenador. La idea era abrir una escuelita recreativa. “Que el gimnasio vaya creciendo con los alumnos”, explica.
El comienzo exigió préstamos para pagar sueldos y muchas horas de clases para cubrir gastos. Hubo momentos en los que pensó en abandonar. Recuerda las tardes junto a los primeros profesores, esperando que apareciera gente. Las recomendaciones entre familias fueron acercando alumnos y permitieron seguir equipando el gimnasio.
Una gimnasta sobre la viga de equilibrio, una disciplina que combina preparación, concentración y control corporal
Una experiencia para compartir
La mamá de Gisselle, admiradora de Nadia Comăneci, la llevó a practicar gimnasia de niña. Su recorrido pasó por el Centro Paraguayo Japonés, Acrobacias y Casa España, hasta representar a Paraguay en competencias internacionales.
A los quince años prefirió destinar el dinero de su fiesta a viajar para competir. También conoció las dificultades de entrenar con pocos recursos, una lesión de rodilla y el miedo de volver a los ejercicios después de la recuperación.
Esa experiencia acompaña la forma de pensar el club. Aprender un movimiento requiere tiempo, repeticiones y confianza en quien enseña. La directora busca equilibrar la exigencia con el disfrute, tanto para quienes compiten como para quienes hacen una actividad recreativa. Le interesa que los alumnos reconozcan el esfuerzo detrás de cada ejercicio que consiguen.
Del parkour a las madres
El parkour estuvo casi desde el principio. Surgió como una alternativa para los hermanos que acompañaban a las niñas y también querían entrenar. Es una modalidad mixta, aunque, según cuenta la directora, actualmente asisten varones.
La propuesta incluye gimnasia artística femenina, parkour, kickboxing y gimnasia para adultos. Llegaron personas vinculadas al arte y las acrobacias que buscaban dónde practicar. Con el tiempo se sumó un grupo de madres que decidió empezar a hacer gimnasia.
El club fue reuniendo edades y objetivos diferentes. Los profesores acompañan esos procesos, mientras la dirección organiza los entrenamientos y conversa con las familias. “La mejor publicidad es uno mismo”, dice su fundadora sobre lo que aprendió al ver que una familia recomendaba el lugar a otra.
Alumnos de parkour de Gistar practican en las barras, una de las actividades que ofrece el club desde sus inicios
Lo aprendido se comparte
Las galas de fin de año son uno de los momentos que los chicos esperan para mostrar sus ejercicios ante las familias. También hay encuentros interclubes y competencias: Gistar participó en su primer torneo internacional, un sudamericano realizado en Paraguay.
El club recibió además a atletas de otros países que utilizaron sus instalaciones para entrenar. Entre los próximos objetivos está acondicionar un sector específico para parkour y, más adelante, conseguir recursos para becar a niños y niñas que deseen practicar y no puedan pagar.
“Siempre quise que sea un lugar donde vos te sientas en tu casa”, dice Gisselle. Aquellas tardes de espera quedaron en las fotos. Ahora hay clases, torneos y una gala por preparar, mientras los alumnos siguen aprendiendo sobre las colchonetas que el club pudo ir sumando.