Guaraní, quechua y aimara: cinco siglos de resistencia en América

A 534 años de la llegada de Colón, guaraní, quechua y aimara siguen vivos. Atravesaron conquista, evangelización y castellanización y hoy millones de personas todavía los hablan en América.

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Historia 12/10/26

Este 12 de octubre se cumplen 534 años de la llegada de Cristóbal Colón a América. Aquel viaje de 1492 abrió un proceso de conquista que transformó territorios, sociedades, creencias y formas de vida. También puso bajo presión a las lenguas con las que los pueblos americanos llevaban siglos nombrando su mundo. Muchas desaparecieron; otras atravesaron la colonización y llegaron hasta el presente.

En Paraguay esa historia puede escucharse cualquier día. Che, nde, mitã, porã, jaha forman parte de conversaciones cotidianas cinco siglos después de la conquista. Según la Encuesta Permanente de Hogares Continua 2025 del Instituto Nacional de Estadística (INE), el 27,9% de la población de 5 años y más habla principalmente guaraní en el hogar, unas 1.587.817 personas, mientras otro 38,7% combina guaraní y castellano, equivalente a 2.204.477. En conjunto, 66,6% utiliza guaraní solo o junto al castellano en sus hogares. Es la dimensión actual de una supervivencia que no fue sencilla ni lineal.

Una lengua conquistada

La llegada europea no encontró un territorio sin lenguaje. Los pueblos que habitaban esta región poseían sus propias formas de organización, conocimiento y comunicación. La colonización modificó profundamente ese mundo y el guaraní tampoco quedó intacto. El lingüista y antropólogo Bartomeu Melià, uno de sus principales estudiosos, examinó este proceso en El guaraní conquistado y reducido: la lengua indígena entró en contacto con el castellano y, al mismo tiempo, fue estudiada y utilizada por quienes buscaban evangelizar a sus hablantes.

Allí apareció una de las grandes paradojas de esta historia. Los misioneros necesitaban comunicarse con una población que hablaba guaraní. La lengua de los conquistados se convirtió así en una herramienta de evangelización y comenzó a ser sistematizada mediante gramáticas, vocabularios y textos religiosos. En 1722, en la reducción jesuítico-guaraní de Santa María La Mayor, ya se imprimía un Vocabulario de la lengua guaraní, documento reconocido actualmente por el programa Memoria del Mundo de la UNESCO.

Pero la escritura no quedó exclusivamente en manos de los evangelizadores. Documentos conservados por el Archivo Nacional de Paraguay, fechados entre 1770 y 1813, muestran a indígenas de antiguas reducciones utilizando el guaraní escrito también con fines políticos. La UNESCO incorporó esta colección a su registro regional de Memoria del Mundo en 2024. Una herramienta desarrollada dentro del sistema colonial había comenzado a servir también a quienes estaban sometidos a él.

El guaraní entró en contacto con el castellano y, al mismo tiempo, fue estudiada y utilizada por quienes buscaban evangelizar a sus hablantes. Foto: Gentileza.

La paradoja americana

En los Andes, el quechua atravesó otra historia de expansión y transformación. Ya antes de los españoles había alcanzado una enorme extensión y durante el Imperio inca funcionó como lengua de comunicación entre poblaciones con idiomas diferentes. Hoy constituye una familia lingüística con variedades presentes en Perú, Bolivia, Ecuador, Colombia, Argentina, Chile y Brasil, según el Ministerio de Cultura del Perú.

Solo en Perú, el Censo Nacional de 2017 registró 3.805.531 personas que declararon haber aprendido quechua durante su niñez. Su supervivencia también encierra una paradoja: durante la colonia, los evangelizadores utilizaron lenguas ampliamente extendidas para transmitir la doctrina cristiana y las reducciones contribuyeron incluso a consolidar el quechua en determinados territorios.

Sobrevivir, sin embargo, no significa estar a salvo. El propio Estado peruano advierte que no todas las variedades del quechua poseen la misma vitalidad. Algunas se encuentran en peligro y otras seriamente amenazadas, entre ellas variedades de Cajamarca, Yauyos, Pasco y Wanka.

El aimara también precede a la conquista española y su historia atraviesa el mundo andino anterior incluso a la expansión inca sobre buena parte del Altiplano. Actualmente se habla principalmente en Bolivia y Perú, además del norte de Chile y Argentina. Solo en Perú, el Censo de 2017 contabilizó 450.010 personas que declararon haber aprendido aimara durante su niñez.

Guaraní, quechua y aimara muestran así una historia menos simple que la de una prohibición seguida por cinco siglos de resistencia. La colonización destruyó y transformó estructuras indígenas, pero también necesitó utilizar algunas de sus lenguas para evangelizar y administrar. Sus hablantes, a su vez, continuaron apropiándose de ellas y transmitiéndolas para propósitos que excedieron ampliamente los intereses coloniales.

Guaraní, quechua y aimara muestran así una historia menos simple que la de una prohibición seguida por cinco siglos de resistencia. Foto: Gentileza.

Sobrevivir hablando

La independencia tampoco garantizó igualdad. Las nuevas repúblicas construyeron Estados en los que durante largos periodos el castellano ocupó los espacios de mayor prestigio político, educativo y jurídico. Las lenguas originarias quedaron muchas veces vinculadas al mundo indígena, rural o popular y hablarlas podía convertirse en una marca de desigualdad.

Pero continuaron pasando de padres a hijos. Allí reside una de las claves de su permanencia. Una lengua no sobrevive solamente porque exista una gramática, aparezca en una Constitución o sea protegida por una institución. Sobrevive cuando una generación vuelve a entregársela a la siguiente.

Cinco siglos después de la conquista, guaraní, quechua y aimara continúan nombrando territorios, alimentos, animales, afectos y maneras de comprender el mundo. Cambiaron, incorporaron palabras, perdieron espacios y conquistaron otros. En Paraguay, más de 3,79 millones de personas todavía utilizan guaraní solo o junto al castellano dentro de sus hogares.

Por eso la evidencia más poderosa de aquella resistencia quizá no esté únicamente en un archivo. Está en una conversación cualquiera, cuando alguien pronuncia una palabra que sus antepasados ya conocían antes de 1492.

Cada vez que alguien vuelve a hablar guaraní, quechua o aimara, una voz anterior a la conquista vuelve a atravesar el presente.