La mañana del 22 de septiembre de 1866, miles de soldados argentinos y brasileños comenzaron a avanzar sobre una posición que creían debilitada. Delante tenían un terreno castigado por las lluvias y, detrás de él, las defensas paraguayas de Curupayty. La artillería de la escuadra imperial brasileña había bombardeado previamente las posiciones y el mando aliado lanzó después el ataque terrestre. Pero las defensas seguían allí.
Esperándolos estaba una fuerza mucho menor. Alrededor de 5.000 paraguayos, bajo el mando del general José Eduvigis Díaz, defendían Curupayty frente a aproximadamente 20.000 hombres de las fuerzas aliadas. Díaz disponía de infantería, caballería y artillería —las fuentes oficiales paraguayas registran 49 piezas— desplegadas detrás de un sistema defensivo preparado para convertir el avance enemigo en una operación extremadamente difícil.
Una defensa preparada
Curupayty no apareció de manera aislada. Meses antes, el 24 de mayo de 1866, Paraguay había sufrido enormes pérdidas durante el ataque a las posiciones aliadas en Tuyutí. La guerra comenzaba a adquirir otra lógica: el Ejército paraguayo abandonó las grandes ofensivas y fortaleció un complejo defensivo conocido como el Cuadrilátero.
El sistema comprendía la fortaleza de Humaitá y las trincheras de Curupayty, además de fosos, fortines y obstáculos. Allí, la preparación del terreno se convirtió en una de las principales ventajas paraguayas.
Díaz conocía la posición que debía defender. Las fuerzas bajo su mando estaban integradas por siete batallones de infantería, tres regimientos de caballería y dos baterías de artillería, según los registros difundidos por la Secretaría Nacional de Cultura.
Del otro lado se preparaba una fuerza aproximadamente cuatro veces superior, respaldada además por la artillería terrestre y la escuadra brasileña.
El combate comenzó con el fuego naval sobre las posiciones paraguayas. Después llegó el avance terrestre.
Y allí cambió todo.

Frente a las trincheras
El terreno dificultó el desplazamiento de las columnas atacantes mientras los paraguayos permanecían protegidos detrás de sus posiciones. Cuando las tropas aliadas entraron en el alcance efectivo de las defensas, recibieron el fuego de la artillería y de la infantería paraguayas.
Los sucesivos intentos de aproximarse a las trincheras fueron rechazados.
La superioridad numérica no consiguió traducirse en una ruptura de la línea paraguaya. El ataque frontal contra una posición fortificada, sumado a las condiciones del terreno y a la capacidad defensiva desplegada por Díaz, terminó convirtiendo la ofensiva en una derrota para la Triple Alianza.
Las fuentes coinciden en que las pérdidas aliadas fueron de varios miles de hombres, aunque las cantidades exactas difieren considerablemente entre autores y registros históricos. Algunas estimaciones superan ampliamente las cifras oficiales. En contraste, las bajas paraguayas fueron comparativamente muy reducidas.
Esa diferencia explica parte de la dimensión que Curupayty adquirió posteriormente en la memoria paraguaya: una fuerza mucho menor había conseguido detener un ataque masivo sin que sus líneas fueran quebradas.
El día de Díaz
En el centro de aquella defensa estuvo José Eduvigis Díaz, nacido en Pirayú en 1833 y convertido, a los 32 años, en uno de los principales jefes militares paraguayos.
Para entonces ya había combatido en Corrales, Estero Bellaco, Tuyutí, Yatayty Corá, Boquerón y Sauce. En Curupayty alcanzaría el episodio por el cual quedaría definitivamente asociado a la historia de la Guerra contra la Triple Alianza.
Curupayty no pudo cambiar por sí sola el desenlace de una guerra que todavía se extendería durante años. Foto: Gentileza.
Los registros paraguayos describen a Díaz recorriendo y dirigiendo personalmente las líneas mientras se desarrollaba el combate. Hacia las 16:00, el ataque había fracasado y las fuerzas aliadas comenzaron a retirarse.
Curupayty estaba en manos paraguayas.
La victoria, sin embargo, no decidió la guerra. Paraguay continuaba enfrentándose a una coalición con recursos humanos, económicos y militares muy superiores. Pero sí alteró temporalmente el curso de la campaña.
Después de Curupayty, las fuerzas aliadas permanecieron prácticamente inactivas durante el resto de 1866. En febrero de 1867, Bartolomé Mitre dejó el mando superior aliado al marqués de Caxias. El nuevo comandante brasileño optaría posteriormente por maniobras destinadas a rodear y aislar las posiciones paraguayas, en lugar de intentar nuevamente romperlas mediante un gran ataque frontal.
Curupayty no pudo cambiar por sí sola el desenlace de una guerra que todavía se extendería durante años. Pero aquel 22 de septiembre de 1866, entre barro, trincheras y fuego de artillería, unos 5.000 paraguayos consiguieron detener a una fuerza aproximadamente cuatro veces superior.
Fue una victoria militar construida sobre preparación, conocimiento del terreno y resistencia. Y fue la jornada que convirtió a Curupayty en uno de los símbolos más perdurables de la historia paraguaya.