Asunción estaba muy lejos de parecerse a una ciudad cuando comenzó a gobernarse. Habían pasado apenas cuatro años desde la instalación de la Casa Fuerte y unas pocas centenas de europeos vivían junto al río Paraguay, rodeados por una población indígena mucho mayor. La vida dependía de las chacras, la pesca, la caza y los alimentos disponibles en la región, mientras las relaciones con los guaraníes proporcionaban a los recién llegados comida, trabajo, conocimientos del territorio y alianzas. No existen censos que permitan establecer una población exacta para 1541, pero las reconstrucciones históricas muestran una enorme desproporción entre el pequeño núcleo europeo y las comunidades guaraníes que habitaban la región.
A esa población se habían sumado los españoles evacuados de Buenos Aires. La primera Buenos Aires fue abandonada en 1541 y Asunción terminó concentrando buena parte de la presencia española de la cuenca del Plata. Había que conseguir alimentos, ordenar las chacras, regular precios, controlar pesos y medidas, atender animales, cercados y obras y establecer reglas para una comunidad que crecía. En ese escenario, el 16 de septiembre de 1541, Domingo Martínez de Irala y los oficiales reales dispusieron la creación del Cabildo, Justicia y Regimiento de Asunción. Cuatro años después de levantarse la Casa Fuerte, la población comenzaba a adquirir una organización municipal permanente.
El primer gobierno
El procedimiento elegido resulta llamativo visto casi cinco siglos después. Los vecinos fueron convocados para designar a dos electores, que debían escoger a diez candidatos. Entre esos nombres se sortearían los cinco primeros regidores. Los elegidos asumirían el 29 de septiembre, día de San Miguel, y ejercerían durante dos años. Los primeros electores fueron Juan de Salazar de Espinosa y Gonzalo de Mendoza, dos figuras centrales de los primeros años del asentamiento. El historiador Rafael Eladio Velázquez destacó que, pese a la complejidad del mecanismo, existían en su base elementos de consenso y participación de los vecinos.
No era un gobierno dedicado solamente a grandes decisiones políticas. Buena parte de sus atribuciones entraba directamente en la vida cotidiana. El Cabildo debía intervenir en cuestiones como el abastecimiento, los precios, los pesos y medidas y otros asuntos necesarios para ordenar la ciudad. Las actas capitulares conservadas muestran posteriormente un gobierno municipal ocupado también por intercambios en especie, reclamos de vecinos y problemas concretos de administración. En una sociedad sin supermercados, servicios públicos ni una burocracia semejante a la actual, asegurar alimentos y establecer reglas para el intercambio formaba parte de gobernar.
La propia ordenanza intentó impedir que los cargos quedaran indefinidamente en las mismas manos. Los regidores ejercerían dos años y, terminado ese periodo, debía repetirse el procedimiento de elección y sorteo, salvo que la Corona dispusiera otra cosa. El documento establecía expresamente que el oficio no podía durar más de dos años, aunque un antiguo regidor podía volver a ocuparlo si nuevamente resultaba seleccionado.
Juan de Salazar de Espinosa. Imagen: Gentileza.
Españoles y guaraníes
Pero aquella Asunción no puede explicarse observando solamente a los españoles. La supervivencia y el desarrollo del asentamiento estuvieron estrechamente vinculados con los pueblos guaraníes, mucho más numerosos en la región. Las primeras relaciones incluyeron alianzas, intercambio de alimentos y vínculos de parentesco. Para los europeos, esas redes significaban también acceso a mano de obra y conocimientos imprescindibles para desenvolverse en un territorio que apenas comenzaban a conocer.
Las mujeres guaraníes ocuparon un lugar decisivo y, al mismo tiempo, profundamente desigual en aquella sociedad. Un documento dejado por Irala al despoblar Buenos Aires en abril de 1541 señalaba que los carios de Asunción habían entregado a los españoles 700 mujeres para servir en las casas y en las rozas. La antropóloga Branislava Susnik estudió estas relaciones señalando cómo el parentesco inicialmente invocado entre el karai y el avá fue convirtiéndose en un sistema cada vez más desequilibrado de prestación de servicios.
Por eso, reducir aquellos primeros años a una historia armoniosa de españoles y guaraníes oculta una parte fundamental del proceso. Existieron alianzas y relaciones de parentesco, pero también explotación y coerción. Investigaciones sobre las mujeres en la sociedad colonial muestran que las entregas iniciales terminaron derivando en las llamadas “sacas de mujeres” o “rancheadas”, mediante las cuales los conquistadores se apropiaban de indígenas incluso por métodos violentos. Ellas realizaban tareas domésticas y productivas, trabajaban la tierra y fueron además protagonistas involuntarias del rápido proceso de mestizaje que caracterizaría a la sociedad paraguaya.
Asunción comenzaba así su vida institucional sobre una realidad mucho más compleja que la simple creación de un gobierno. Era una pequeña comunidad europea implantada dentro de un territorio indígena, dependiente de las poblaciones locales para subsistir y atravesada desde sus primeros años por alianzas, intercambios, parentescos, conflictos y relaciones de poder cada vez más desiguales.
Las mujeres guaraníes ocuparon un lugar decisivo y, al mismo tiempo, profundamente desigual en aquella sociedad. Imagen: Gentileza.
El acta que sobrevivió
El documento que permite reconstruir aquel 16 de septiembre de 1541 estuvo, además, cerca de desaparecer. El primer libro del Cabildo de Asunción, donde se encontraba el acta fundacional, se perdió. El texto sobrevivió gracias a una copia realizada siglos después por Juan Francisco Aguirre en el Archivo de Asunción. Los historiadores Roberto Quevedo, Margarita Durán Estragó y Alberto Duarte reconstruyeron posteriormente las actas y documentos del Cabildo del siglo XVI recurriendo también al Archivo Nacional de Asunción y al Archivo General de Indias.
Aguirre llegó al Río de la Plata como integrante de las expediciones españolas encargadas de trabajar en la demarcación de los límites entre las posesiones de España y Portugal y permaneció varios años en Paraguay a finales del siglo XVIII. Durante ese periodo consultó documentos antiguos conservados en Asunción y realizó copias y anotaciones que terminaron siendo fundamentales para los historiadores posteriores. Entre esos papeles quedó preservado el contenido de la ordenanza de 1541, pese a que el volumen original que la contenía ya no llegó hasta nuestros días.
La supervivencia de esa documentación permite reconstruir incluso aspectos muy concretos del funcionamiento de aquella sociedad: cómo debían escogerse sus autoridades, cuánto tiempo podían permanecer en el cargo y qué asuntos correspondían al nuevo gobierno municipal. Siglos después, la recuperación y organización de las fuentes capitulares permitió reunir documentos dispersos en distintos repositorios y reconstruir parte de la vida política y cotidiana de la Asunción del siglo XVI.
Aquel papel permite conocer hoy algo más que el nacimiento de una institución. Permite asomarse a una Asunción de hace casi cinco siglos: pequeña, precaria, rodeada por un mundo guaraní mucho mayor y obligada a organizar desde el precio de los alimentos hasta quién podía gobernarla. El 16 de septiembre de 1541, aquella población levantada junto al río comenzó a darse una estructura para administrar su propia vida cotidiana.