Saro Vera había estudiado filosofía, teología y pensamiento clásico durante años, pero cuando regresó al Paraguay y se encontró con las comunidades campesinas descubrió una distancia entre aquella formación y el mundo que tenía delante. Para comprenderlo comenzó a mirar hacia otro lugar: el idioma, las relaciones familiares, los silencios, la autoridad, los favores y las formas cotidianas de ejercer poder.
Saro Wilfrido Vera Troche nació el 6 de octubre de 1922 en Rosario Tatuy, Caazapá. A los 14 años dejó su comunidad para continuar su formación religiosa en Buenos Aires, donde permaneció cerca de doce años. De regreso al país ejerció su labor pastoral principalmente en el interior. Ese contacto prolongado con el Paraguay rural terminaría alimentando su obra más conocida: El paraguayo, un hombre fuera de su mundo.
El libro no pretendía ser una demostración científica de una supuesta personalidad nacional. Vera construyó una interpretación a partir de años de observación. Y de allí surgieron categorías mucho más provocadoras que una simple descripción de costumbres.
El molde del guaraní
Una de sus claves fue el guaraní. Para Vera, conocerlo era indispensable para aproximarse al “modo de pensar del paraguayo”. No consideraba que una lengua sirviera únicamente para poner nombres diferentes a las mismas cosas: entendía que también condicionaba la manera en que una comunidad organizaba y expresaba su experiencia.
En su interpretación, el guaraní tenía un carácter particularmente concreto, descriptivo y ligado a lo sensible. Por eso prestó atención a expresiones, imágenes y construcciones que perdían parte de su significado cuando eran trasladadas literalmente al castellano.
Su planteamiento era fuerte: si se quería comprender al paraguayo, no alcanzaba con traducir lo que decía; había que comprender el universo cultural desde el cual lo decía. Lengua, oralidad y pensamiento aparecían así estrechamente unidos.

Tres reglas no escritas
Vera intentó condensar algunos comportamientos que observaba mediante tres categorías que llamó “leyes”: mbareté, ñembotavy y vai-vai.
El mbareté iba mucho más allá de la fuerza física. Remitía al peso que adquieren el poder, las influencias y las protecciones en las relaciones sociales. El individuo poderoso no solamente manda: puede convertirse en protector, conseguir favores, abrir puertas y situarse por encima de quien depende de esas conexiones.
El ñembotavy, literalmente asociado a “hacerse el tonto”, describe otra estrategia: saber, pero actuar como si no se supiera; comprender lo que ocurre, pero evitar asumirlo abiertamente. Para Vera, esa conducta podía funcionar como mecanismo de defensa o supervivencia frente a situaciones en las que confrontar directamente tenía un costo.
El vai-vai, en cambio, apuntaba a una manera de hacer las cosas sin demasiado rigor, a medias o simplemente para cumplir. Las tres categorías componían para Vera algo más profundo que un repertorio de expresiones populares: eran mecanismos que ayudaban a interpretar cómo una persona se adaptaba a su entorno social.
No eran, por supuesto, leyes en sentido científico. Eran categorías con las que Vera intentaba ordenar comportamientos que veía repetirse.
El poder y los favores
Es probablemente en su análisis del poder donde aquella radiografía se vuelve más incómoda.
Vera observaba una sociedad donde las instituciones formales convivían con redes personales de parentesco, amistad, lealtad y protección. Quien alcanzaba una posición de poder podía transformarse en alguien capaz de resolver problemas para otros. El beneficiario, a su vez, quedaba vinculado al protector.
El poder dejaba entonces de ser únicamente una facultad institucional y se convertía en capacidad de conseguir cosas.
Esa lógica ayuda a comprender el mbareté: no importa solamente qué establece una norma, sino a quién se conoce, quién puede intervenir y quién tiene suficiente influencia para torcer una situación. Décadas después, investigaciones sobre cultura política paraguaya retomaron conceptos de este tipo para estudiar relaciones de privilegio, autoridad y clientelismo.
Vera llevó su interpretación todavía más lejos cuando abordó la relación con el bien común. Encontró una expresión popular capaz de condensarla: “To’úna pero toyapó”, que aproveche, pero que haga.
Detrás de la frase veía una tolerancia problemática hacia quien utiliza una posición de poder para obtener beneficios particulares, siempre que produzca resultados o permita que otros también participen de ellos. La condena no recaería necesariamente sobre el aprovechamiento del poder, sino sobre quien aprovecha y no reparte o no hace.
Ahí su observación deja de parecer una curiosidad costumbrista.
Monumento en Caazapá. Foto: Gentileza.
Un espejo discutible
Saro Vera también escribió La evangelización del paraguayo, Seis relatos de un campesino y Relatos costumbristas del Paraguay. En ellas volvió sobre el mundo rural, la religiosidad, los conflictos y una sociedad que conoció durante décadas desde su trabajo pastoral.
Su mirada tiene límites evidentes. El Paraguay que observó era mucho más rural, atravesado por otra estructura social y política, y categorías como mbareté, ñembotavy o vai-vai no pueden convertirse en etiquetas destinadas a definir esencialmente a millones de paraguayos.
Pero esa precaución tampoco vuelve irrelevante su obra.
A 104 años de su nacimiento, la potencia de Saro Vera está justamente en haber intentado nombrar mecanismos que suelen funcionar sin estar escritos en ninguna parte: el poder que viene de los contactos, el silencio estratégico frente a lo que se sabe, el trabajo hecho apenas para cumplir y la tolerancia hacia quien aprovecha su posición mientras también “hace”.
Saro Vera quiso descifrar al paraguayo. Más de un siglo después de su nacimiento, varias de las categorías que utilizó siguen resultando incómodamente reconocibles.