La oposición paraguaya parece haber asumido una conclusión básica: dividida, tendrá grandes dificultades para desplazar al Partido Colorado. En 2023, Santiago Peña ganó con 42,74% de los votos; Efraín Alegre obtuvo 27,48% y Paraguayo Cubas 22,91%. La suma de los dos últimos supera al ganador, aunque esos electorados no son automáticamente transferibles.
El problema no es solo reunir votos. Una coalición que aspire a gobernar necesita explicar qué quiere cambiar y qué decisiones tomaría en materias que definen el rumbo del país. Ahí aparece una contradicción poco discutida: en política exterior y seguridad, algunos referentes opositores se ubican cerca de la orientación que hoy sostiene el Gobierno colorado.

Santiago Peña junto al primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu.
El eje de Peña
La política exterior de Santiago Peña está claramente definida. En 2026, el Ministerio de Relaciones Exteriores volvió a identificar a Estados Unidos, Israel y Taiwán como socios estratégicos del Paraguay. A eso se suman la profundización de la cooperación con Washington, el acuerdo SOFA, la Embajada en Jerusalén y el respaldo político a Taiwán.
Ese alineamiento no basta por sí solo para definir toda la ideología de un dirigente. Sí permite medir continuidades y diferencias concretas entre oficialismo y oposición en una cuestión central: con quién quiere alinearse Paraguay y bajo qué condiciones. Es, además, uno de los terrenos donde una eventual alternancia puede significar cambio o continuidad.

Miguel Prieto, uno de los principales referentes de la oposición rumbo a 2028.
Prieto y una continuidad visible
Miguel Prieto, uno de los principales presidenciables opositores, ya fijó posición. Según declaraciones difundidas en agosto, sostuvo que no movería la Embajada paraguaya de Jerusalén, mantendría la relación con Taiwán y resumió su orientación internacional con una frase: “El eje es Estados Unidos, Taiwán e Israel”.
La coincidencia con Peña en este punto es concreta. Prieto puede diferenciarse del Partido Colorado en gestión, renovación política o uso partidario del Estado. Pero en una cuestión geopolítica bisagra propone conservar los mismos tres socios que el actual Gobierno presenta como estratégicos.
Ahí aparece una dificultad para la oposición. Si uno de sus referentes con mayor proyección propone continuidad en una materia de ese peso, la diferenciación frente a la ANR se vuelve menos nítida. La pregunta deja de ser solamente quién ocupará el Palacio de López y pasa a ser qué rumbo cambiaría realmente después de una alternancia.

Celeste Amarilla y Eduardo Nakayama en el Senado. El acuerdo SOFA expuso las diferencias dentro de la oposición.
El SOFA mostró la fractura
La discusión sobre el acuerdo SOFA con Estados Unidos hizo todavía más visible esa diversidad. Eduardo Nakayama, opositor al cartismo, anunció su respaldo y sostuvo que el convenio no representaba, según su interpretación, una amenaza a la soberanía paraguaya.
Otros opositores tomaron la posición contraria. Esperanza Martínez y Rafael Filizzola estuvieron entre quienes cuestionaron el acuerdo y sus efectos sobre soberanía e inmunidades. La división, entonces, no separó simplemente a oficialismo y oposición: atravesó a la propia oposición.
Esperanza también ha cuestionado la política paraguaya hacia Israel y la intervención del Gobierno en el debate internacional sobre Gaza. Existe, por tanto, un sector opositor que propone otra orientación internacional y otro que mantiene posiciones más próximas a las del Ejecutivo. Esa convivencia puede ser electoralmente útil, pero obliga a responder cómo se transformarán posiciones distintas en una política común de gobierno.

Esperanza Martínez, una de las voces opositoras más críticas al alineamiento del Gobierno con Estados Unidos e Israel.
Unidad electoral, identidad política
Ricardo Estigarribia expresó recientemente una preocupación que toca el centro de este dilema. El 16 de septiembre pidió que la oposición no piense solamente en ganar y reclamó construir un plan de gobierno común antes de 2028. Mencionó salud, educación, seguridad y transporte, pero la misma exigencia alcanza a la política exterior.
Una alianza deberá definir qué hará con Estados Unidos, Israel, Taiwán, China, el SOFA y la cooperación militar. Hoy no existe una respuesta única. Hay posiciones diferentes, incluso contrapuestas, entre dirigentes que podrían terminar integrando la misma coalición presidencial.
Esto no prueba que la oposición sea “igual” al Partido Colorado ni que el electorado vote a la ANR porque considere equivalentes a todas las opciones. No hay evidencia suficiente para establecer esa causalidad. El voto depende también de estructura partidaria, identidad histórica, candidaturas, organización territorial y capacidad de movilización.

Ricardo Estigarribia, gobernador de Central y precandidato presidencial del PLRA para 2028.
Pero la hipótesis política merece ser discutida. Si la oposición enfrenta a un Gobierno con un alineamiento internacional claramente definido y, al mismo tiempo, incorpora dirigentes que comparten decisiones geopolíticas centrales de ese rumbo, puede ofrecer una alternativa menos diferenciada de lo que su discurso de cambio promete.
El viejo “más vale malo conocido que bueno por conocer” no puede presentarse como explicación científica del voto paraguayo. Sí resume un dilema: cuando el cambio se concentra en quién administra el Estado y no siempre en el rumbo estratégico, el partido que ya gobierna conserva la ventaja de representar una identidad conocida.
Rumbo a 2028, la unidad puede ser necesaria para competir con la maquinaria colorada. Pero una coalición no se convierte automáticamente en alternativa por reunir a los adversarios de la ANR. También necesita explicar qué los une después de la elección.
Ese es quizá el verdadero desafío opositor: no solo construir una mayoría electoral, sino una identidad política reconocible. Porque reemplazar al Partido Colorado es alternancia. Definir un proyecto claramente distinto es otra cosa.