No soy un fanático del fútbol. Mi hijo tampoco. Sin embargo, desde las Eliminatorias decidimos que los partidos de Paraguay serían una buena excusa para reunirnos en casa. Solo el debut del Mundial, cuando la Albirroja cayó ante Estados Unidos, no pudimos verlo juntos. Después llegaron los vecinos, los amigos, los familiares y las comidas compartidas. Incluso cuando Paraguay quedó eliminado seguimos reuniéndonos para ver Francia vs España y Argentina vs Inglaterra. Entre un partido y otro hablábamos de las Malvinas, de geografía, de historia, de política y de países que hasta hace poco apenas conocíamos.
Ahí apareció la primera enseñanza. El Mundial nunca fue solamente fútbol. Fue una excusa para volver a conversar.
Nos enseñó a encontrarnos
Hay algo que el fútbol todavía consigue en tiempos donde casi todo pasa por una pantalla: volver a reunirnos.
Mis vecinos ya tenían su lugar. Uno aparecía con hielo, otro con algo para la parrilla, otro con bebidas y alguno llegaba justo cuando empezaba el himno. Nadie daba instrucciones, pero todos respetábamos la cábala. Cambiar de silla, modificar el orden o romper alguna costumbre parecía una mala idea.
Las cábalas tienen algo especial. En el fondo sabemos que no cambian un resultado, pero igual las respetamos. Es una forma de sentir que también jugamos el partido. Que desde una casa, un bar o una vereda todavía podemos empujar a la selección, aunque sea imposible demostrarlo.
Siempre le digo a mi hijo que no hace falta ser fanático de algo para disfrutarlo. A veces alcanza con entender por qué emociona a los demás. El fútbol sirve para compartir una mesa, conocer personas, hacer preguntas y generar recuerdos. Durante este Mundial terminamos hablando mucho más del país que de la pelota.
Nos enseñó a creer
Paraguay perdió con Estados Unidos, le ganó a Turquía, empató con Australia, eliminó a Alemania en los penales y cayó por la mínima diferencia frente a Francia.
Antes de cada partido aparecían los porcentajes, el ranking FIFA, el valor de mercado de los planteles y las probabilidades. Casi todo decía que Paraguay tenía pocas posibilidades.
Y, sin embargo, ahí estuvo.
La segunda enseñanza fue que los datos ayudan a entender el contexto, pero no juegan los partidos. La confianza, la organización, la disciplina y una identidad clara también cambian las probabilidades.
Durante años discutimos si Paraguay debía abandonar su estilo para parecerse a las grandes potencias. Gustavo Alfaro hizo exactamente lo contrario. Recuperó una identidad que parecía perdida y convenció al grupo de que era posible competir sin dejar de ser Paraguay.
También dejó instalada una reflexión cuando afirmó que el fútbol debía convertirse en una política de Estado, al mismo nivel que la salud y la educación. La frase puede discutirse, pero la pregunta sigue siendo válida. Si un Mundial logra unir al país durante varias semanas, quizá el deporte merece ocupar un lugar más importante en la agenda nacional.
Nos enseñó a debatir
No todas las enseñanzas llegaron desde la cancha.
La polémica protagonizada por la senadora Celeste Amarilla trasladó la conversación hacia otro terreno. Sus publicaciones sobre Kylian Mbappé abrieron un debate sobre racismo que llegó a los medios, al Congreso y hasta produjo repercusiones diplomáticas.
Después apareció Sally, una influencer francesa que presentó a Paraguay como uno de los países más racistas del mundo. Sus afirmaciones se viralizaron rápidamente y también dieron lugar a verificaciones, desmentidos y discusiones.
Más allá de quién tuviera razón en cada episodio, el Mundial consiguió algo poco habitual: durante semanas el racismo dejó de ser un tema reservado para especialistas y pasó a discutirse en bares, oficinas, universidades, programas de televisión y reuniones familiares. Paraguay habló de un asunto que normalmente evita.
También estuvo el episodio entre Orlando Gill y Mbappé. Muchos sintieron como propia aquella escena en la que el arquero paraguayo buscó saludar y no encontró respuesta. A veces un gesto termina diciendo más que un discurso.
Otra sorpresa fue descubrir cuánto apoyo recibió Paraguay desde otros países. Vi a muchos brasileños alentando por la Albirroja, argentinos celebrando nuestros resultados y mensajes de distintos rincones de América Latina apoyando a una selección que competía con personalidad. El fútbol también tiene esa capacidad de construir puentes inesperados.
Nos enseñó a mirar adelante
El domingo alguien levantará la Copa del Mundo. Paraguay no estará en esa foto.
Pero si dentro de unos años recordamos este Mundial solamente por los penales contra Alemania o por la eliminación frente a Francia, probablemente habremos entendido solo una parte de lo que nos dejó.
Yo prefiero recordar otra imagen.
La casa llena de vecinos y amigos. Las conversaciones que empezaban con un córner y terminaban hablando de historia. Las cábalas que nadie se animaba a romper. Los chicos haciendo preguntas sobre países que nunca habían escuchado nombrar. Y un país que, durante algunas semanas, volvió a encontrarse alrededor de una misma camiseta.
Dentro de cuatro años, Paraguay será una de las sedes del Mundial 2030. Llegaremos con estadios nuevos y obras importantes. Pero el desafío será mucho más grande que organizar partidos.
El verdadero aprendizaje de este Mundial fue recordar que el fútbol puede ser una herramienta para encontrarnos, creer, debatir y mirar más lejos. Si somos capaces de conservar algo de ese espíritu cuando se apaguen las luces del torneo, entonces el mejor resultado de Paraguay no habrá quedado escrito en una tabla de posiciones, sino en la forma en que un país volvió a conversar consigo mismo.