¿Qué vino a hacer realmente Gustavo Alfaro?

Durante más de un año, Gustavo Alfaro habló de identidad, esperanza, rebeldía, orgullo y convicción con una insistencia poco habitual para un entrenador de fútbol. Revisar sus conferencias permite descubrir una historia bastante más interesante que una clasificación mundialista.

Por Prabhat Pacuá

Hay algo extraño cuando uno revisa las conferencias de Gustavo Alfaro.

No porque diga cosas extravagantes. No porque recurra a frases grandilocuentes. Lo extraño aparece por acumulación. Conferencia tras conferencia, partido tras partido, resultado tras resultado, Alfaro vuelve siempre al mismo lugar. Habla de identidad. Habla de esperanza. Habla de orgullo. Habla de pertenencia. Habla de rebeldía. Habla de compromiso. Habla de destino.

Naturalmente también habla de fútbol. Pero no en la proporción que uno esperaría de un entrenador que acaba de clasificar a Paraguay a un Mundial después de dieciséis años.

La observación parece menor hasta que uno empieza a reconstruir cronológicamente el proceso. Porque Alfaro comenzó a hablar de estas cosas cuando todavía no tenía resultados que mostrar. Habló de convencerse antes de Brasil. Habló de identidad antes de Argentina. Habló de esperanza cuando Paraguay seguía siendo una selección que venía de tres mundiales mirando por televisión. Como si hubiera llegado a una conclusión bastante rápido: el principal problema que encontró no era futbolístico.

Y quizás ahí empieza la historia verdaderamente interesante. Porque Paraguay no venía solamente de perder partidos. Venía de escucharse perder.

Durante años la conversación alrededor de la selección se volvió extraordinariamente predecible. Paraguay ya no tenía jugadores. Paraguay ya no tenía recambio. Paraguay ya no podía competir. Paraguay ya no era incómodo. Paraguay ya no era el de antes. Con el tiempo, aquellas frases dejaron de sonar como opiniones y empezaron a sonar como descripciones objetivas de la realidad.

Lo curioso es que Alfaro pareció discutir precisamente eso.

No intentó convencer a esta generación de que era la reencarnación de Chilavert, Arce o Gamarra. Eso habría sido imposible. No se puede implantar nostalgia en personas que no vivieron aquello que se recuerda. Lo que hizo fue otra cosa. Tomó una generación acostumbrada a escuchar que Paraguay ya no podía y empezó a discutir esa idea desde adentro.

Por eso la frase del árbol resulta tan interesante. Había que sacudirlo para que cayeran las arañas porque los frutos ya estaban ahí. La metáfora suele leerse como una ocurrencia simpática. Sin embargo, observada con cierta atención, parece resumir todo su trabajo. No habla de crear talento. No habla de fabricar identidad. No habla de construir algo inexistente. Habla de despejar algo que impedía verlo.

Y es difícil no encontrar ahí ecos de algo que la psicología deportiva estudia desde hace décadas. Los atletas de élite trabajan visualización, diálogo interno y construcción deliberada de confianza porque la forma en que una persona se percibe influye directamente sobre la forma en que compite. Dicho de manera simple: nadie entra igual a una cancha cuando se siente capaz que cuando se siente derrotado.

Escuchando a Alfaro, la sensación es que entendió exactamente eso. Antes de pedir rendimiento trabajó convicción. Antes de pedir resultados trabajó identidad. Antes de hablar de clasificación trabajó autoestima.

La clasificación fue la consecuencia visible. Lo interesante ocurrió antes. Ocurrió cuando un grupo de jugadores dejó de escucharse como una generación resignada. Ocurrió cuando Paraguay volvió a sentirse incómodo. Ocurrió cuando la esperanza dejó de sonar ingenua y empezó a sonar razonable.

Y ahí la historia deja de pertenecer exclusivamente al fútbol.

Porque si uno escucha ciertas conversaciones cotidianas en Paraguay encuentra frases sorprendentemente parecidas a las que parecían rodear a la selección cuando Alfaro llegó. "Acá nunca cambia nada". "Siempre son los mismos los que se benefician". "Acá no se puede hacer nada serio".

Algunas tienen fundamentos reales. Otras también. Pero todas comparten una característica: terminan organizando una forma de interpretar la realidad.

Por eso la verdadera lección que deja Alfaro tal vez no sea deportiva.

Porque el seleccionador argentino llegó a Paraguay y, antes de cambiar resultados, intentó cambiar una conversación. Antes de ganar partidos, intentó modificar una autoimagen. Antes de construir una clasificación, intentó reconstruir una autoestima.

Y tal vez allí esté el aspecto más interesante de toda esta historia.

Que la mayor victoria de Alfaro no haya sido clasificar al Mundial.

Que haya sido demostrar que la forma en que una comunidad se habla a sí misma puede terminar definiendo aquello que cree posible alcanzar.