Pero el algoritmo tiene un problema. Muestra, viraliza, emociona y enoja. Lo que no siempre hace es explicar. Puede mostrar una escena de treinta segundos, pero no alcanza para entender una cultura construida durante siglos.
Paraguay no apareció solamente por Mbappé. Apareció por su fútbol, por su forma de competir, por esa manera tan nuestra de resistir cuando los números dicen otra cosa. Paraguay jugó como casi siempre jugó su historia: aguantando, creyendo, sufriendo, levantándose. No siempre bonito, no siempre ordenado, pero casi siempre desde una identidad difícil de explicar para quien mira solo el resultado.
En los últimos años recorrí Paraguay de punta a punta y también más de 10.000 kilómetros en bicicleta por Perú, Bolivia, Brasil, Argentina y Chile. Conocí parte del sur de España viajando en trenes y buses, y sueño con seguir recorriendo Europa, Asia y África. Esos viajes me permitieron hacer amistades y comprobar algo que se repite una y otra vez: muchos saben poco de Paraguay, pero cuando lo conocen, terminan mirándolo de otra manera.
Eso ya venía ocurriendo incluso antes del Mundial. Cada vez llegan más turistas que descubren Paraguay casi por casualidad. Algunos vienen por unos días y terminan quedándose semanas. Otros deciden radicarse, trabajar y construir su vida acá. Llegan sin esperar demasiado y se van sorprendidos.
Porque Paraguay no se entiende desde lejos.
Paraguay se entiende caminando sus calles, compartiendo un tereré, conversando sin mirar el reloj, sentándose a una mesa o simplemente saludando.
Acá todavía existe una forma de hospitalidad que en otros lugares se fue perdiendo. Un "mba'éteko" puede terminar en agua, comida o una silla en el patio. Y hay otra costumbre que parece pequeña, pero dice mucho de nosotros: a nadie se le niega un saludo. Saludar no es un protocolo; es una forma de respeto.
Por eso muchos paraguayos sintieron como grosera la actitud de Kylian Mbappé con Orlando Gill. No fue solamente una jugada o una discusión de fútbol. Fue interpretada desde una cultura donde el saludo tiene un valor simbólico. Donde incluso después de una pelea, un partido o una diferencia, extender la mano sigue siendo una señal de respeto.
Eso, por supuesto, no justifica el racismo ni los agravios.
Lo de Celeste Amarilla fue racismo. Ella misma terminó reconociéndolo, borró la publicación y pidió disculpas. Ojalá tenga la oportunidad de reconstruirse, como ella misma dijo que intentará hacer. Pero una persona no explica a un país. Celeste no es Paraguay, como Mbappé tampoco es Francia. Además, nuestra identidad está profundamente marcada por la cultura guaraní y, aunque todavía no contamos con una ley específica que tipifique el racismo como delito, eso no cambia una verdad básica: el racismo debe rechazarse siempre.
Paraguay es bastante más complejo que una senadora, un video viral o una polémica de redes.
Paraguay también es el guaraní, una lengua oficial que millones hablamos todos los días. No vive solamente en los actos escolares. Está en la calle, en la casa, en el humor, en el enojo, en el cariño y en la manera en que entendemos el mundo.
Me tocó compartir con comunidades mbya en Brasil y descubrir que podía comunicarme en gran parte con ellas. Ahí uno entiende que el mundo guaraní existía mucho antes que las fronteras y las oficinas de Migraciones. Los Estados son relativamente nuevos; nuestra historia regional es mucho más antigua. El guaraní nos sigue vinculando culturalmente con parte de Brasil, Argentina, Bolivia y Paraguay.
Lo mismo ocurre con la gastronomía.
A veces nos enojamos cuando en otros países presentan una comida como si fuera propia. Pero cuando uno viaja descubre que la historia es mucho más profunda. En Bolivia, por ejemplo, escuché llamar a la chipa "kuña pe", una expresión de origen guaraní, mientras nosotros usamos "chipa", palabra de origen quechua. Son huellas de siglos de intercambio entre pueblos vecinos. La cultura nunca pidió permiso en una frontera.
Y aun así, la gastronomía paraguaya tiene una identidad extraordinaria. Chipa, sopa paraguaya, mbeju, chipa guasu, vori vori, pajagua mascada, tereré, cocido. Cada plato cuenta una historia. Ahora el mundo también empieza a descubrirlos. El vori vori, por ejemplo, primero fue reconocido durante varios años como la mejor sopa del mundo por la guía gastronómica TasteAtlas y luego alcanzó el primer lugar entre todos los platos tradicionales del planeta en su ranking 2025/26.
También empieza a descubrir la guarania. ¿Y cómo no emocionarse con eso? En 1925, José Asunción Flores tomó la polca paraguaya, ralentizó su ritmo y creó un género nuevo: más pausado, más contemplativo, más profundo. Una música hecha para nombrar la nostalgia paraguaya, esa mezcla de dulzura, ausencia, memoria y resistencia que muchas veces no sabemos decir en castellano. ¿Cómo no disfrutar de "India", una de las obras más hermosas de nuestra música?
Claro que no somos un país perfecto. Tenemos corrupción, desigualdad y enormes desafíos en salud, educación y justicia. Tenemos heridas abiertas y errores que discutir sin miedo. Pero una cosa es mirar críticamente un país y otra muy distinta es creer que ya lo entendimos porque vimos un reel.
Estos días algunos se escandalizaron por un Judas Kái dedicado a Mbappé. Vieron unos segundos y sacaron conclusiones. El Judas Kái forma parte de las fiestas de San Juan. Es una práctica popular, simbólica y satírica donde se queman muñecos de presidentes, políticos, autoridades o figuras públicas que marcaron el año. Se puede discutir si fue acertado elegir a Mbappé en este contexto. Claro que sí. Pero contarlo sin explicar la tradición también es desinformar.
Ese es el problema del algoritmo. Muestra el fuego, pero no siempre cuenta la tradición. Muestra una frase racista, pero no siempre muestra a un país muy diferente. Muestra una escena, pero rara vez explica la historia que hay detrás.
Paraguay no cabe en treinta segundos. No cabe en un video de TikTok, en una polémica con Mbappé ni en una mirada apurada desde afuera.
El Mundial abrió una ventana. Algunos miraron con curiosidad. Otros juzgaron rápido. Yo me quedo con los primeros: con los que vienen, preguntan, prueban un vori vori, escuchan una guarania, conversan en guaraní, reciben un "mba'éteko" y descubren que este país tiene mucho más de lo que el algoritmo puede mostrar.
Porque el algoritmo descubrió a Paraguay.
Ahora falta que muchos se animen a conocerlo.