No la ven

Trump, Milei y otros fenómenos políticos que sorprendieron a analistas y partidos tradicionales reabren un debate cada vez más visible: la creciente distancia entre quienes interpretan a la sociedad y quienes la viven.

Por Elías Piris

Cada vez que aparece un fenómeno político que las encuestas no anticipan, que los analistas no comprenden y que los partidos tradicionales no saben cómo enfrentar, ocurre exactamente lo mismo.

Primero viene la sorpresa. Después la negación. Y finalmente una larga colección de explicaciones destinadas a evitar la explicación más simple de todas.

No la ven. No la vieron con Trump. No la vieron con Milei.

Y probablemente tampoco la estén viendo ahora en Colombia, donde una elección que parecía girar alrededor de Gustavo Petro terminó abriendo espacio para un outsider que hace apenas un año estaba fuera de las conversaciones presidenciales.

Cuando los mismos errores se repiten durante años en países distintos, quizás el problema ya no esté en los fenómenos observados sino en quienes los observan.

Hay una generación entera de dirigentes, periodistas, consultores y académicos que sigue convencida de que entiende a la sociedad mejor de lo que la sociedad se entiende a sí misma.

Durante mucho tiempo ese fue el gran privilegio de las élites: interpretar, explicar y traducir lo que ocurría.

Pero algo empezó a romperse.

Mientras la política profesional se especializaba, la sociedad se alejaba. Mientras los discursos se volvían más técnicos, la conversación pública se volvía más emocional. Mientras los dirigentes aprendían a comunicar mejor, millones de personas comenzaban a sentir que nadie les hablaba realmente a ellas.

La paradoja es evidente.

Nunca hubo tantas encuestas, tantos estudios de opinión y tantos especialistas dedicados a medir lo que piensa la ciudadanía. Y sin embargo, cada vez resulta más frecuente que los sistemas políticos sean incapaces de anticipar lo que la propia ciudadanía termina haciendo.

La política se llenó de tecnicismos. Las campañas comenzaron a diseñarse como productos. Los candidatos aprendieron a evitar cualquier frase que pudiera generar controversia. Todo empezó a parecer cuidadosamente calculado.

Pero afuera seguía existiendo la vida real. La señora que hace fila en el IPS. El comerciante que pelea para sostener su negocio. El conductor de Bolt que trabaja doce horas por día.

Y sin embargo, todos ellos poseen algo que muchas veces falta en los círculos donde se produce opinión pública. Tienen experiencia directa con la realidad. No la realidad medida. No la realidad tabulada. No la realidad convertida en gráficos de PowerPoint.

La realidad que se vive. La que se padece. La que obliga a llegar a fin de mes. La que obliga a remar todos los días.

Durante décadas, una parte importante de las élites académicas, acompañadas por medios de comunicación y formadores de opinión, sostuvo una idea que todavía sobrevive en muchos círculos de poder.

La idea de que la gente no sabe votar. Que vota mal. Que vota engañada. Que vota contra sus propios intereses. Cada elección inesperada reactiva ese reflejo. Si gana el candidato equivocado, el problema parece ser siempre el elector. Nunca el diagnóstico.

Sin embargo, la experiencia reciente parece demostrar algo distinto. Lo que ocurre es que muchas veces la gente vota utilizando criterios que las élites no consideran legítimos. Vota desde sus frustraciones. Desde sus expectativas. Desde sus miedos. Desde sus esperanzas.

Vota con la cabeza, pero también con el estómago. Con la memoria. Con la emoción. Y con aquello que experimenta todos los días cuando sale de su casa. Creer que millones de ciudadanos son incapaces de comprender sus propios intereses probablemente sea una muestra de soberbia intelectual más preocupante que cualquier resultado electoral.

El caso colombiano ayuda a ilustrar el fenómeno.

El pasado 31 de mayo, el abogado Abelardo de la Espriella sorprendió al ubicarse en primer lugar en la primera vuelta presidencial colombiana y disputará el balotaje del próximo 21 de junio. Su campaña giró alrededor de la seguridad, la autoridad y la promesa de mano dura frente al crimen, pero también alrededor de algo menos tangible: emociones que una parte importante del electorado sentía que nadie estaba dispuesto a nombrar. Más allá de quién gane la elección, el dato interesante es otro: Colombia parece estar ingresando en una crisis de representación que ya atravesaron otros países.

Lo interesante es que este fenómeno ya no parece responder a una ideología específica. Puede favorecer a dirigentes de derecha. Puede favorecer a dirigentes de izquierda. Puede favorecer a figuras difíciles de clasificar.

Lo que está en crisis no es una corriente ideológica determinada. Lo que está en crisis es la capacidad de representación de las estructuras tradicionales.

Durante años, una parte importante de las élites occidentales se convenció de que había encontrado una especie de manual de instrucciones para entender a la sociedad.

Si las encuestas decían una cosa, esa era la realidad. Si los expertos decían una cosa, esa era la realidad. Si los medios repetían una cosa, esa era la realidad. Y cuando la realidad no coincidía con el diagnóstico, el problema nunca era el diagnóstico. El problema era la gente.

La gente había sido manipulada. La gente estaba confundida. La gente votaba mal. La gente no entendía. 

Resulta curioso. Los mismos ciudadanos que son considerados suficientemente inteligentes para trabajar, producir, emprender, criar hijos, pagar impuestos y sostener un país funcionando, de repente pasan a ser considerados incapaces de comprender sus propios intereses cuando entran al cuarto oscuro.

Hay algo profundamente arrogante en esa mirada. Y quizás también profundamente equivocado. Porque la gente no vota como quisiera un laborato

Desde la sensación de que alguien la escucha o de que nadie la escucha. Por eso la política sigue siendo mucho menos científica de lo que algunos creen. Y mucho más humana de lo que muchos están dispuestos a admitir.

Tal vez esa sea la discusión política más importante de esta época. No quién gana una elección. No qué partido consigue más votos. Sino quién logra entender una sociedad que está cambiando más rápido que las instituciones diseñadas para representarla.

Porque elección tras elección, fenómeno tras fenómeno, las élites vuelven a encontrarse frente a resultados que no esperaban. No porque la sociedad haya desaparecido de su radar.

Sino porque hace tiempo que dejaron de verla.