El domingo 1 de agosto de 2004, poco después de las 11:20, un incendio se inició en el sistema de extracción de la parrilla del patio de comidas del supermercado Ycuá Bolaños, en el barrio Trinidad de Asunción. Las llamas se propagaron rápidamente por el techo del edificio, alimentadas por grasa acumulada y materiales altamente inflamables. Mientras cientos de personas intentaban escapar, numerosos testimonios y la posterior investigación judicial sostuvieron que varios accesos fueron cerrados, convirtiendo el siniestro en la mayor tragedia civil de la historia reciente del Paraguay.
Veintidós años después, la Coordinadora de Familiares y Víctimas sostiene que el incendio dejó cerca de 400 personas fallecidas, además de centenares de heridos y sobrevivientes con secuelas físicas y emocionales. Familias enteras desaparecieron, decenas de niños quedaron huérfanos y el país quedó marcado por una herida que trascendió a las víctimas directas para instalarse en la memoria colectiva de varias generaciones.
La búsqueda de justicia se prolongó durante años y concluyó con condenas para los principales responsables: los propietarios Juan Pío Paiva y Víctor Daniel Paiva, el guardia Daniel Areco, el administrador Humberto Casaccia, el arquitecto responsable de la obra y tres funcionarios municipales vinculados a los controles de habilitación. Para los familiares, aquellas sentencias constituyeron un avance importante, aunque insuficiente frente a la magnitud de la pérdida.
Con los juicios terminados comenzó otra lucha, igual de trascendente para las víctimas: impedir que el antiguo supermercado fuera demolido o reutilizado con fines comerciales. La apuesta fue transformar el escenario de la tragedia en un espacio permanente de memoria, donde las futuras generaciones pudieran comprender lo ocurrido y donde el recuerdo de las víctimas se preservara a través de la educación, la cultura y la vida comunitaria.
Un agente policial aplicando una maniobra de reanimación a un infante en aquel fatídico 1 de agosto de 2004
Mucho más que un memorial
Después de años de movilización ciudadana, debates públicos y un concurso nacional de arquitectura, el antiguo supermercado comenzó a transformarse en el actual Sitio de Memoria y Centro Cultural 1A Ycuá Bolaños, concebido no para ocultar el pasado, sino para dialogar permanentemente con él.
La propuesta ganadora, desarrollada por los arquitectos Francisco Tómboly y Sonia Carísimo, rechazó la idea de demoler completamente la estructura. Por el contrario, conservó sectores originales del edificio como testimonio material de lo ocurrido, permitiendo que el visitante reconozca que ese mismo lugar fue escenario de una tragedia que marcó al país. El proyecto entendió que la arquitectura también podía convertirse en un lenguaje para transmitir memoria.
Cada espacio fue pensado con un profundo contenido simbólico. Los recorridos invitan a la reflexión; el agua, presente en distintos sectores del complejo, representa la vida, la renovación y la contemplación; mientras que la plaza superior, los espacios abiertos y las áreas verdes proponen transformar un escenario asociado a la muerte en un lugar donde la comunidad pueda volver a encontrarse.
El complejo alberga además salas para exposiciones, biblioteca, espacios destinados a talleres, reuniones y actividades comunitarias, además de un auditorio donde hoy se desarrollan funciones teatrales, conciertos, muestras artísticas, conversatorios, proyecciones audiovisuales, actividades educativas y encuentros impulsados por organizaciones sociales, instituciones académicas y colectivos culturales. Lo que alguna vez fue un supermercado hoy es un espacio vivo, donde la cultura y la participación ciudadana se convierten en herramientas para mantener viva la memoria.
Sitio de Memoria y Centro Cultural 1A Ycuá Bolaños, vista desde afuera
Construir memoria todos los días
Para Christian Olmedo, integrante de la Coordinadora de Familiares y Víctimas del Ycuá Bolaños, la verdadera construcción comenzó mucho después de concluidas las obras. Tras perder a su hermana y a su sobrina en el incendio, considera que el desafío más difícil ha sido consolidar una cultura de la memoria en un país donde el olvido suele imponerse con rapidez.
Por eso sostiene que el sitio no fue concebido únicamente para quienes vivieron la tragedia, sino también para las generaciones que nacieron después. "Tener un espacio concreto donde ocurrió todo esto también es una herramienta didáctica para las generaciones que no conocieron la historia del Ycuá Bolaños", afirma.
Durante el proceso surgieron distintas propuestas para reutilizar el predio. Algunos planteaban convertirlo en una plaza y otros impulsaban proyectos con fines económicos. Las familias rechazaron todas esas alternativas porque entendían que el lugar debía conservar su significado histórico. "Queríamos rescatar el valor de la vida antes que la mercadería y antes que el dinero", resume Olmedo.
A su juicio, el mayor desafío continúa siendo que la ciudadanía se apropie del espacio como parte de su historia. Explica que muchas personas llegan por primera vez para asistir a una actividad cultural sin conocer lo que ocurrió allí, mientras que algunos sobrevivientes y familiares necesitaron más de dos décadas para reunir la fortaleza suficiente y volver a ingresar al edificio. Cada recorrido, sostiene, representa una forma distinta de reconstruir la memoria.
Elenco de danza en la Plaza de las luces, Sitio de Memoria y Centro Cultural 1A Ycuá Bolaños
De la tragedia al legado
Hoy el antiguo supermercado alberga obras de teatro, conciertos, talleres, exposiciones, investigaciones, actividades escolares y encuentros ciudadanos. Allí donde hace 22 años predominaban el humo, el caos y la desesperación, hoy conviven artistas, estudiantes, docentes, investigadores y vecinos que encuentran en el sitio un espacio para aprender, debatir y construir comunidad.
Para Olmedo, esa transformación constituye el verdadero legado de las víctimas. Considera que la tragedia no puede enseñarse únicamente desde los expedientes judiciales ni desde las imágenes del incendio, sino también a través de la educación, el arte y las expresiones culturales que mantienen vigente la reflexión sobre lo ocurrido.
El sitio permite comprender, afirma, las dos caras del ser humano: aquella que puso intereses económicos por encima de la vida y aquella que respondió con solidaridad, organización y compromiso para convertir el escenario de la mayor tragedia civil del Paraguay en un lugar dedicado a la memoria, la dignidad y la vida.
Veintidós años después, el Ycuá Bolaños ya no representa solamente una tragedia. También simboliza la decisión de un país de no borrar su pasado, de aprender de él y de recordar, cada día, que ninguna mercancía puede valer más que una vida humana.