Señor, ¿qué hace con esa niña?

Un video expone a una joven en situación de vulnerabilidad mientras un exsenador, figura pública y precandidato presidencial, registra la escena tras ser denunciado por violencia familiar. No es un escándalo más: revela una lógica de poder, exposición y defensa.

Por Prabhat Pacua

Ella entra a un cuarto. Un colchón en el piso, papel higiénico al costado. Manipula nerviosamente un encendedor mientras se quiebra entre exabruptos y momentos de culpa. El clima es denso, acumulado: horas, quizás días o semanas, de manipulación y violencia en una relación donde la asimetría etaria y psicológica es evidente. Ella está en retirada, bordeando el abismo. Él espera.

Cuando la fragilidad aparece, apunta y enciende la cámara. Pregunta, conduce, intenta instalar un relato, construir una coartada pública. Hace unas horas, ella lo denunció por violencia familiar. Él no es un desconocido, es exsenador y precandidato presidencial, un dirigente cuya trayectoria se edificó sobre el escándalo permanente, la denuncia ruidosa y la performance de “justiciero”. La exposición fue siempre su herramienta. Ahora es su desesperada defensa.

El video cumple una función precisa: desplazar el eje. Donde había una denuncia, aparece una escena que busca contaminarla. Se sugiere consumo, desorden, inestabilidad. Se instala duda. En términos políticos, es una operación de supervivencia: no ganar la discusión, sino volverla ambigua.

La asimetría es central. Él tiene nombre, visibilidad, capital político y recursos. Ella no. Él controla el dispositivo y decide cuándo grabar, qué preguntar y qué mostrar. Ella queda reducida a fragmentos de vulnerabilidad potencialmente virales. No es solo un video, es la materialización de un vínculo donde uno tiene margen de maniobra y el otro apenas margen de reacción.

Él es promesa, ella necesidad. Él construyó capital político denunciando, señalando, exponiendo. Vive de eso. Ella no tiene ese capital, tiene urgencias. Y en ese cruce se organiza todo: uno administra reputación, la otra administra carencia. No están en el mismo plano, no partieron desde el mismo punto de salida y no juegan en la misma liga.

El problema no es solo lo que se ve en el video, sino lo que el video confirma. Que la exposición no es solo una herramienta para atacar, también es una herramienta para defenderse. Que quien construyó su carrera señalando a otros, cuando queda expuesto, responde con la misma lógica: encuadrar, instalar, contaminar. No desmentir, no asumir, sino volver difuso.

Porque asumir implicaría algo más básico y costoso: hacerse responsable de la situación completa. No del fragmento grabado, no del momento de crisis, sino del vínculo que lo hizo posible. Implicaría preguntarse por qué estaba ahí, por qué con ella, en qué condiciones y bajo qué lógica. Preguntas elementales que cualquier adulto funcional debería hacerse antes, no después.

Pero esa no es la lógica del caso. Lo que está en juego no es solo una aventura senil, es una trayectoria, una marca, un posicionamiento público y, sobre todo, un flujo de caja: millones en subsidio electoral. En fin, años de acumulación sostenidos sobre una narrativa que no admite fisuras. Y cuando aparece una, no se repara: se gestiona. Se cubre, distribuye e intenta diluir.

Porque, llevado al extremo, el cálculo es más simple de lo que parece: asumir implicaría perderlo todo. Marca, apoyo, recursos. Y en ese contexto, la ética deja de ser un principio y pasa a ser un costo. ¿Quién renuncia voluntariamente al capital político y dinero en nombre de la madurez? ¿Quién, en una sociedad que normaliza redenciones exprés, silencios cómplices y dobles estándares, tiene realmente la autoridad para exigirlo? El razonamiento es social: no se trata de si está bien o mal, sino de qué conviene sostener para seguir en pie. En esa lógica, aparece la otra parte: no como sujeto complejo, sino reducida a un personaje, funcional al relato que se quiere instalar.

Ahí es donde la escena deja de ser privada y se vuelve política. No por el escándalo, sino por lo que revela sobre cómo se ejerce el poder incluso en lo íntimo. Cómo se administra la exposición, cómo se utiliza la vulnerabilidad ajena, cómo se construyen defensas cuando la propia imagen está en riesgo. Sabemos que no es una niña en términos biológicos, pero la categoría no es solo etaria, es relacional. Cuando de un lado hay una importante desventaja en años y experiencia, la diferencia no la marca la edad legal, sino la capacidad real de uno frente al otro.

La pregunta entonces no es qué dijo ella, qué consumió o cómo reaccionó. Eso es parte del vulgo, del morbo, del meme. La pregunta es anterior y es más incómoda. Porque no se responde con un video ni se resuelve con una viralización.

Se responde con algo mucho más simple y mucho más difícil de eludir:

Señor, ¿qué hacía con esa niña?