El Paraguay que crece y el Paraguay que ya no aguanta

Mientras algunos celebran el crecimiento económico paraguayo, otros sienten que cada vez les cuesta más llegar a fin de mes. El riesgo aparece cuando ambas realidades dejan de dialogar entre sí.

Por Prabhat Pacuá

Durante los últimos días volvió a suscitarse en las redes una discusión que ya lleva un tiempo creciendo. De un lado, los que sostienen que el país está mejorando. Del otro, los que responden con enojo que basta entrar a un hospital público, subir a un colectivo o ir al supermercado para entender que no es así. A quienes cuestionan el momento económico se los acusa de “antipatrias”, de no soportar el progreso o de querer que al país le vaya mal. Del otro lado, los críticos responden que quienes celebran el crecimiento viven dentro de una burbuja privilegiada y desconectada de la realidad de la mayoría.

En realidad, el problema quizás sea otro: probablemente ambas partes estén viendo una parte real del Paraguay actual.

Esta discusión no nació ahora. Adquirió nuevas resonancias con el gobierno de Santiago Peña, cuando comenzó a consolidarse una narrativa optimista alrededor del crecimiento económico. El país de la estabilidad macroeconómica. El país que crece, que atrae inversiones, que reduce la pobreza. El “gigante que está despertando”. Durante el llamado “primer tiempo” del gobierno, esa idea fue repetida tanto desde sectores oficiales como desde comunicadores y referentes alineados con el modelo actual.

El relato ganó más fuerza cuando desde el exterior se multiplicaron los elogios hacia Paraguay. Organismos internacionales, consultoras y medios económicos señalaron al país como un caso sobresaliente de la región. Y, siendo honestos, parte de eso tiene sustento real. Paraguay efectivamente mantiene su estabilidad macroeconómica, alcanzó su segundo grado de inversión y redujo sus niveles de pobreza en las últimas décadas. Existen más industrias. Hay más infraestructura que hace veinte años. Programas como Hambre Cero hoy alimentan a más de un millón de niños. La inversión extranjera se multiplica. Hay sectores económicos creciendo y una parte de la población paraguaya está viviendo una expansión económica concreta.

Negar eso sería tan absurdo como negar el otro lado de la realidad.

Porque mientras una parte del país crece, otra parte importante siente que cada vez le cuesta más llegar a fin de mes. El salario lleva años sin acompañar el costo de vida. La inflación quizás no aparezca con dramatismo en los indicadores del Banco Central, pero la gente sí la percibe cada vez que entra al supermercado. El circulante parece reducido. El sistema de transporte público es directamente desesperante. Miles de personas pierden dos a cuatro horas diarias atrapadas en embotellamientos que deterioran la salud mental, el descanso y la calidad de vida. Los hospitales públicos continúan mostrando situaciones de precariedad difíciles de justificar en un país que simultáneamente celebra récords macroeconómicos.

Y quizás por eso trascendió con fuerza la performance del economista que recorría canales de televisión mostrando una heladerita vacía mientras cuestionaba el verdadero estado de la economía paraguaya. La escena funcionó porque sintetizaba algo mucho más profundo: el choque entre los indicadores macroeconómicos y la experiencia cotidiana de una parte importante de la población.

La escena alcanzó tal nivel de impacto que el entonces ministro Carlos Fernández Valdovinos tuvo que salir al paso afirmando que no se puede hacer economía “en base a relatos”. La frase despertó suspicacias porque llegaba justamente después de meses donde gran parte de la comunicación política y económica del gobierno había estado sostenida precisamente sobre un relato optimista del país.

Pero los relatos tienen un problema: duran poco cuando la realidad empieza a tensionarlos.

Y eso quedó todavía más claro cuando, tras las crisis de las cajas jubilatorias y las deudas del Estado con proveedores, el propio discurso oficial comenzó a cambiar abruptamente. En cuestión de días se pasó del “gigante despertando” a hablar de “economía de guerra”. El tono ya no era expansivo ni optimista. Era defensivo. El clima había cambiado. Poco después, el propio ministro terminó abandonando el barco.

Tal vez el verdadero error sea creer que Paraguay debe elegir entre una de las dos versiones del país.

Porque sí, Paraguay está mejor que hace dos décadas en muchos aspectos. Los números muestran crecimiento económico, reducción de pobreza e inversión. Pero también existen señales preocupantes que no pueden ser descalificadas simplemente tratando de “antipatria” a cualquiera que las mencione.

Y es ahí donde aparece un paralelo incómodo con lo que ocurrió durante años en Chile.

Durante mucho tiempo, Chile fue presentado como el gran milagro económico latinoamericano. El modelo exitoso. El ejemplo regional. Y en parte, también era cierto. Chile efectivamente había logrado resultados macroeconómicos, crecimiento y modernización. Pero debajo de esa macroeconomía admirada internacionalmente comenzó a crecer otra realidad: subida de precios, endeudamiento excesivo de la clase media, agotamiento social, frustración y una sensación cada vez más extendida de que el progreso no estaba llegando de manera equilibrada. El celebrado milagro económico terminó en un estallido social en 2019.

El problema no fue el crecimiento económico. El problema fue negar el malestar que convivía debajo de ese crecimiento. Porque cuando las realidades se niegan y dejan de dialogar entre sí, lo que aparece es la fractura social.

Por eso quizás Paraguay necesita menos fanatismo narrativo y más honestidad colectiva. Menos obsesión por demostrar que “todo está bien” o que “todo está mal”. Porque ambas cosas coexisten al mismo tiempo. Hay paraguayos creciendo, invirtiendo y prosperando. Y también hay paraguayos agotados, endeudados y profundamente frustrados con su vida cotidiana.

Negar cualquiera de las dos realidades sería un error.

Al final, probablemente todos queramos lo mismo: que al país le vaya bien. Que Paraguay crezca. Que haya más empleo, más inversión y más oportunidades. Pero también que ese crecimiento no termine construyendo una sociedad cada vez más desconectada de sí misma.