Hay frases que describen mucho más de lo que parece. El nuevo presidente del Instituto de Previsión Social, doctor Isaías Fretes, dijo que más de 1.000 medicamentos e insumos dejarán de comprarse porque se adquirían “al santo botón” y terminaban pudriéndose. Incluso lanzó otra frase igual de fuerte: “El antibiótico que era válido 10 años atrás, hoy ya no se usa, hoy ya no debería de usarse”. Lo que dijo probablemente sea una de las afirmaciones más importantes sobre salud pública pronunciadas en Paraguay en mucho tiempo.
Porque detrás de esos medicamentos existieron pedidos, licitaciones, laboratorios, presupuestos y administraciones enteras comprando productos que finalmente ni siquiera tenían circulación real dentro del IPS. Y lo más delicado es que mientras muchos terminaban vencidos o abandonados en depósitos, otros sí eran consumidos por pacientes dentro de un sistema sanitario que lentamente fue convirtiendo la receta médica en respuesta automática para casi cualquier malestar.
Ahí aparece el verdadero tamaño del problema.
Paraguay fue construyendo una cultura donde salud significa consumir medicamentos. El paciente entra al consultorio esperando salir con una receta bajo el brazo. Muchas veces incluso siente que no fue bien atendido si no vuelve a su casa con pastillas, antibióticos o estudios médicos.
Y alrededor de esa lógica se mueve un negocio gigantesco.
Hospitales llenos de visitadores médicos ofreciendo productos. Presupuestos públicos cada vez más altos destinados a compras farmacéuticas. Publicidad permanente asociando cualquier dolor, cansancio o malestar cotidiano con remedios. Y una población que lentamente fue perdiendo incluso conocimientos básicos sobre prevención, descanso, alimentación o manejo responsable de enfermedades leves.
El antibiótico probablemente sea el ejemplo más claro. Durante años se instaló la idea de que cualquier gripe o dolor de garganta necesita antibióticos, incluso cuando gran parte de esos cuadros son virales. La propia Organización Mundial de la Salud viene alertando desde hace años sobre el abuso de antibióticos y el crecimiento de bacterias resistentes por el uso innecesario de estos medicamentos.
Pero el problema ya no es solamente médico. También es económico y político.
Porque cuando el propio presidente del IPS admite que existían más de 1.000 medicamentos e insumos comprados sin utilidad clara, automáticamente queda bajo sospecha todo el circuito de compras públicas alrededor de la salud. Las licitaciones, los criterios de adquisición, los laboratorios beneficiados, las cantidades compradas y los mecanismos de control necesitan revisarse completamente.
Y hoy el modelo incluso fue mucho más allá del simple presupuesto público tradicional. Cada vez son más frecuentes los amparos judiciales para acceder a medicamentos específicos, muchas veces ya vinculados directamente a determinadas marcas o empresas farmacéuticas. Eso termina evitando procesos normales de licitación y ampliando enormemente el gasto público sanitario alrededor de tratamientos extremadamente costosos. Parte del sistema sanitario moderno también empezó a funcionar bajo una lógica donde el medicamento se convierte en un mercado permanente de altísima rentabilidad.
Y probablemente ahí recién empieza el verdadero conflicto.
Porque discutir medicamentos también significa discutir uno de los negocios más poderosos que existen alrededor del Estado. Significa tocar intereses económicos enormes construidos durante décadas alrededor de compras públicas permanentes.
Eso tampoco significa negar la medicina moderna ni atacar a los médicos. La medicina salva vidas todos los días y los medicamentos son fundamentales en miles de tratamientos. La ciencia permitió desarrollar antibióticos, terapias y fármacos que cambiaron la historia humana. Existen enfermedades y patologías donde los medicamentos son absolutamente necesarios y donde el acceso rápido puede marcar incluso la diferencia entre la vida y la muerte.
Pero una cosa es medicina basada en evidencia y otra muy distinta es transformar cualquier síntoma cotidiano en una oportunidad constante de consumo farmacéutico.
No toda gripe necesita antibióticos. No toda fiebre necesita llenar inmediatamente el cuerpo de remedios. No todo malestar requiere medicalización automática. Existen procesos leves que muchas veces pueden acompañarse desde la propia casa con descanso, hidratación, buena alimentación, actividad fisica y seguimiento responsable.
Y justamente ahí aparece otro problema de fondo: la población terminó delegando completamente su salud. Todo quedó en manos de la receta, del hospital y de la farmacia. El cuerpo empezó a verse únicamente desde la lógica del medicamento.
Por eso lo que dijo Isaías Fretes va mucho más allá de un simple recorte administrativo dentro del IPS. Lo que hizo fue abrir una discusión incómoda sobre el corazón mismo del modelo sanitario paraguayo.
Porque llenar depósitos de remedios, aumentar eternamente presupuestos farmacéuticos y acostumbrar a la población a vivir entre recetas no necesariamente significa construir una sociedad más sana.
Muchas veces solamente significa alimentar un sistema donde la salud pública termina funcionando también como motor de uno de los mercados más rentables del mundo.