El elefante rosado

El caso Frutika terminó en una condena en mi contra por calumnia y difamación, sin que se probara la falsedad de mis publicaciones basadas en documentos sobre carga contaminada, una empresa inexistente en Bélgica y movimientos de dinero en el sistema financiero. Un elefante rosado se paseó por la sala. La jueza no lo vio.

Por Alfredo Guachiré

La pregunta que ordena todo este caso es simple: si lo que publiqué era falso. Ese era el punto a resolver. Sin embargo, el juicio avanzó sin responder esa pregunta central. Mis publicaciones se apoyaron en documentos oficiales que ingresaron al proceso, circularon en audiencia y no fueron desmentidos por las partes. Hablaban de carga contaminada de supuesto ilícito, de una empresa inexistente en Bélgica y de movimientos de dinero en el sistema financiero paraguayo. Ese era el núcleo. Y ese núcleo no fue analizado.

Ahí aparece el elefante rosado. No como recurso literario, sino como una presencia concreta en la sala: lo que estaba en los documentos, en las referencias y en lo que debía discutirse. Estuvo en todo el proceso, pero no estuvo en la decisión.

Quiero ser claro en otro punto. En ningún momento me atreví a emitir una verdad absoluta sobre este caso. Describí hechos documentados. Ese es el rol del periodismo: investigar y exponer información de interés público, no dictar condenas. Ese marco está protegido por la Constitución Nacional (artículos 26 y 29) y por la jurisprudencia de la Corte Interamericana de Derechos Humanos, que en casos como Kimel vs. Argentina y Herrera Ulloa vs. Costa Rica exige probar falsedad o real malicia para sancionar a un periodista.

Ese estándar acá no aparece.

No se probó falsedad. No se desmontaron los documentos. Y aun así, fui condenado.

Al escuchar la sentencia de la jueza, se observa algo más preocupante: se introducen elementos que no formaron parte del debate. Entre ellos, la aplicación de la ley de violencia contra la mujer, un eje que no integraba la querella ni fue discutido en el juicio. En paralelo, la jueza Lourdes Peña fue reconocida recientemente en el Poder Judicial del Paraguay en un concurso sobre igualdad y no discriminación impulsado por la Secretaría de Género, donde se premian resoluciones que incorporan ese enfoque. La aparición de ese argumento en este caso, sin haber sido materia del proceso, no es un detalle menor.

Intentando seguir la lógica del fallo, aparece una construcción que evita el eje del caso. Se incorporan aspectos no debatidos y se omiten otros que sí lo fueron. Un ejemplo es el llamado cuarto contenedor. Al escuchar la sentencia se sostiene que habría sido verificado en Uruguay, pero durante el juicio no se presentó ningún documento que respalde esa afirmación ni existe constancia firmada de esa verificación. Eso, en una decisión judicial, es grave.

El contexto tampoco es menor. Detrás de este caso hay una disputa empresarial y familiar, de hija contra madre. La madre, Beate Kress mantiene alrededor del 92% de las acciones, mientras su hija, Cristina Kress, controla la empresa mediante una medida cautelar. A eso se suman más de 20.000 hectáreas y activos de alto valor.

Hay además un dato que refuerza la necesidad de investigar. El despachante de Frutika era Saturnino Gavilán, a quien intentamos ubicar durante el juicio sin éxito para que declare. No fue posible encontrarlo. Ese mismo despachante también aparece vinculado a operaciones relacionadas con Diego Benítez, exdirigente del fútbol paraguayo, conocido por causas judiciales abiertas en el exterior. Ese cruce no define responsabilidades, pero sí plantea interrogantes que ameritan un análisis más profundo.

Mi única petición a la jueza Lourdes Peña fue clara: que todos los antecedentes discutidos durante el juicio sean remitidos al Ministerio Público. No como una formalidad, sino como una necesidad. Porque lo que surgió en este proceso no puede cerrarse en una sentencia. Debe ser investigado. Esa solicitud la voy a reiterar por escrito, porque es lo mínimo que corresponde en un caso donde existen indicios documentados que no fueron abordados en profundidad.

También se intentó cuestionar mi trabajo por un contrato profesional con Beate Kress. Ese contrato es anterior a las publicaciones, fue facturado, con cumplimiento tributario y probado en juicio. Pero incluso si un periodista cobra por su trabajo, eso no convierte en falsos los hechos que publica.

Y ahí es donde el argumento se cae cuando se lo pone en contexto. Hoy se debate públicamente el conflicto Atlas contra CONMEBOL, y sectores del periodismo pertenecientes al mismo grupo empresarial toman posición, escriben, opinan y son remunerados para defender intereses del propio medio y de su propietario.

Eso forma parte de las reglas de la democracia. Se tolera, se discute y se confronta con más información. Solo cambia cuando se prueba la falsedad.

Y acá está el punto. Si en este caso se hubiera demostrado que lo que publiqué es falso, entonces que actúe la ley. Pero eso no ocurrió.

El elefante rosado vuelve ahí.

Porque no solo se evitó lo central. También se construyó una forma de analizar que permite esquivarlo. Se habló de otras cosas, se introdujeron otros enfoques, pero los documentos siguieron ahí, intactos, sin ser desmontados.

Después de la sentencia, mi abogada Sol Samaniego lo resumió en una palabra: arbitrariedad. Y desde ahí se entiende mejor lo que pasó. La valoración de la jueza excedió el caso, evitó la prueba central y terminó afectando mis derechos constitucionales en el ejercicio del periodismo. En esas condiciones, ya no se trata de debatir una sentencia, sino de cuestionar cómo fue construida.

Este caso no termina acá. Lo voy a apelar. Voy a pelear en segunda instancia. Y si es necesario, presentaré casación ante la Corte Suprema, donde ya existe jurisprudencia sobre este tipo de casos. Y si aún así no se corrige, voy a llegar hasta la Corte Interamericana de Derechos Humanos.

Durante todo el juicio, la jueza evitó al elefante rosado. Evitó los documentos, evitó el núcleo del caso y avanzó con un ritmo que ella misma vinculó a sus tiempos, porque ya quería salir de vacaciones. Pero hay algo que no va a poder dejar atrás: ese elefante. Porque no estaba solo en la sala, estaba en los hechos. Y va a volver a aparecer en cada instancia que revise esta causa.