Hernán Rivas es el síntoma

Mientras el debate público se concentró en Hernán Rivas y en los cuestionamientos sobre la validez de su título, casi nadie miró el problema de fondo: el sistema universitario que hizo posible ese caso. En Paraguay, la educación superior creció principalmente desde el sector privado, con controles débiles y una promesa repetida durante años: que el título universitario era la llave del progreso.

Por Alfredo Guachiré

Toda la discusión apuntó a él. A su exposición, a su forma de responder, a lo que dejó ver en lo público. Y sin embargo, mientras todos miraban a Hernán Rivas, el sistema quedaba fuera de cuadro. Como si el problema terminara en una persona.

Pero no termina ahí.

Hernán Rivas no es una excepción. Es un síntoma. Es una escena que deja ver algo más grande: un modelo que hace tiempo viene funcionando sin que lo miremos de frente.

En Paraguay, la universidad creció rápido. Muy rápido. Hoy, cerca del 82% de los estudiantes está en instituciones privadas, y alrededor del 84% de las universidades del país también son privadas. Ese dato no es técnico, es estructural. Marca el tipo de sistema que tenemos: uno que se expandió más como oferta que como política.

Y eso no está mal en sí mismo. No se trata de estar en contra de lo privado. El punto es entender el modelo. En la educación pública, el objetivo es formar. En la privada, además de formar, hay una necesidad de sostenerse económicamente, de captar estudiantes, de crecer. Es una lógica distinta. Funciona con otra dinámica.

El problema es cuando esa diferencia no se dice, no se explica y no se entiende.

Porque durante años se vendió una idea única: estudiar una carrera universitaria es el camino. No uno de los caminos, el camino. Y esa idea se metió en las casas, en las escuelas, en la cabeza de generaciones enteras. Tener título pasó de ser una herramienta a convertirse en una meta. Casi una obligación silenciosa.

Ahí es donde el sistema empieza a hacer ruido.

Porque mientras la oferta crecía, la calidad no siempre lo hizo al mismo ritmo. Y mientras el título se mantenía como símbolo de valor, lo que había detrás empezaba a volverse más irregular. No hace falta ir muy lejos: en Paraguay, una gran parte de carreras clave ni siquiera cuenta con acreditación. Eso ya dice bastante sin necesidad de exagerar nada.

Y además, el sistema empezó a mirar hacia afuera.

Hoy, carreras como Medicina funcionan también como un mercado regional. Paraguay tiene más de 45.000 estudiantes en esa área, y cerca del 77% son brasileños. Es decir, el país no solo forma profesionales para sí mismo, sino que se convirtió en destino educativo para otros. Eso no es un problema en sí, pero muestra con claridad el modelo: hay una oferta que se organiza también en función de esa demanda.

La universidad, en ese punto, deja de ser solo un espacio de formación y pasa a ser también una industria.

Y en medio de todo eso, se instaló una confusión de fondo: creer que título y capacidad son lo mismo.

No lo son.

Tener un título no garantiza saber hacer. Y no tenerlo tampoco significa no saber. Pero durante años el sistema los mezcló, los superpuso, los volvió casi inseparables. Y eso generó una ilusión que hoy empieza a romperse.

Mientras tanto, en paralelo, algo se fue perdiendo.

Los oficios. Lo práctico. Lo que sostiene la vida diaria. Hoy faltan técnicos, electricistas, plomeros, gente formada para resolver lo concreto. No porque no haya trabajo, sino porque ese camino dejó de ser valorado frente al peso simbólico del título universitario.

Y ahí volvemos a Hernán Rivas.

No por su forma de hablar. Paraguay es bilingüe, y miles de personas crecieron hablando guaraní antes que castellano, o al revés. Eso no define la capacidad de nadie. El punto no es ese.

El punto es otro.

Tener un título no alcanza. Hay que sostenerlo con capacidad. Cuando eso no pasa, como en el caso de Rivas, lo que queda en evidencia no es solo una persona, sino el sistema que lo formó o que lo validó.

Por eso, quedarse en la crítica a Hernán Rivas es cómodo. Permite descargar todo en una persona.

Pero lo que estamos viendo no es solo a Hernán Rivas.

Estamos viendo al sistema.

Un sistema que creció sin ordenar del todo, que convirtió la educación en una promesa masiva y que instaló una idea de éxito que no siempre coincide con la realidad.

Hernán Rivas es apenas la escena visible.

El problema, como casi siempre, está detrás.