El denuncismo

Paraguay se acostumbró a una política donde denunciar genera más impacto que proponer. Mientras las acusaciones ocupan la agenda pública, desaparecen las discusiones sobre ciudad, transporte, dinero y proyectos.

Por Alfredo Guachiré

Hay una escena que se volvió completamente normal en Paraguay. Un dirigente entra a Fiscalía rodeado de cámaras, sostiene una carpeta bajo el brazo, apunta contra un adversario político y durante algunas horas logra instalar el tema del día. Después aparece otra denuncia, luego otra y más tarde otra más. El ciclo vuelve a repetirse.

Y cuanto más se acercan las internas electorales, más se llena el sistema político de denuncias cruzadas. Algunas pueden ser genuinas, graves y necesarias. Otras terminan diluyéndose entre operaciones, disputas de poder y estrategias de desgaste. El problema es que, en pleno clima electoral, la ciudadanía ya no sabe bien qué forma parte de una investigación seria y qué forma parte de una herramienta de competencia política.

Ahí aparece el denuncismo.

No como denuncia legítima contra corrupción o abuso de poder, que sigue siendo necesaria dentro de cualquier democracia, sino como una lógica donde acusar, exponer y desgastar públicamente al adversario empieza a ocupar más espacio que discutir proyectos o ideas.

Durante años, sectores como el Partido Patria Querida ayudaron a instalar una política muy apoyada en denuncias públicas, conferencias, presentaciones fiscales y presión mediática sobre instituciones. Muchas de esas denuncias colocaron temas importantes dentro de la agenda pública, pero lentamente esa lógica empezó a expandirse hacia casi todo el sistema político paraguayo.

Y el efecto terminó siendo mucho más profundo.

Denunciar genera impacto inmediato. Produce titulares rápidos, espacio en medios, viralización en redes y obliga al otro a defenderse públicamente. En cambio, proponer exige algo mucho más difícil: explicar números, discutir modelos de ciudad, hablar de financiamiento, debatir ideas y asumir posiciones políticas claras.

Eso requiere profundidad.

El denuncismo, en cambio, funciona rápido.

Y ahí empieza a aparecer uno de los grandes vacíos de esta época política. Detrás de muchas campañas construidas alrededor de denuncias también empieza a esconderse otra cosa: falta de propuestas, falta de proyecto, falta de visión y muchas veces falta de preparación para gobernar.

Porque denunciar al otro no responde cómo se va a resolver el problema de la basura, cómo se van a ordenar las finanzas municipales, cómo se piensa mejorar el transporte público, cómo se atraerá inversión o cuál es realmente la idea de ciudad que se quiere construir.

Asunción muestra claramente ese problema, hace apenas unos meses se discutían bonos, balances, deuda y estructura financiera. Hoy gran parte de la conversación pública gira alrededor de acusaciones cruzadas y de quién sería “menos peor” que el otro.

Y ahí la política empieza a vaciarse.

Porque muchos candidatos construyen su posicionamiento alrededor de una idea muy simple: “el otro es malo y yo soy mejor”. Pero los votantes empiezan a darse cuenta de algo. Ser mejor que un adversario cuestionado no necesariamente convierte a alguien en una alternativa real. Una ciudad no se administra solamente denunciando. También se administra con ideas, gestión y capacidad de construir un proyecto.

Y eso es justamente lo que el denuncismo muchas veces esconde.

El problema es que este fenómeno ya no queda solamente dentro de la política partidaria. Empieza a aparecer también como una forma de judicialización permanente de la vida pública. La lógica de denunciar, exponer y llevar todo al terreno judicial empieza a trasladarse al ámbito empresarial, periodístico e incluso a conflictos familiares o de pareja.

Y eso produce otro fenómeno peligroso: el ruido permanente.

Todo el tiempo existe una nueva acusación, un nuevo expediente, una nueva conferencia. Entonces incluso las denuncias verdaderamente importantes empiezan a perder fuerza dentro de un ecosistema saturado de sospechas cruzadas.

Antes la denuncia era el inicio de una investigación. Ahora muchas veces la denuncia se convierte en el producto final.

Lo importante ya no parece ser esclarecer completamente un hecho o resolver un problema estructural. Lo importante pasa a ser producir impacto político inmediato, instalar sospechas, obligar al adversario a quedar a la defensiva, conseguir algunos likes, ocupar espacios en medios de comunicación y mantenerse algunas horas dentro de la conversación pública.

Mientras tanto, desaparecen otras discusiones.

Se habla poco sobre modelos económicos, sobre filosofía política, sobre trabajadores, sobre transporte, sobre urbanismo, sobre salarios o sobre cómo financiar servicios públicos. La política empieza a funcionar cada vez más desde el desgaste y cada vez menos desde las ideas.

La democracia necesita denuncias serias y rigurosas. Sin denuncias no existe control sobre el poder. Pero cuando denunciar se convierte en un método permanente de competencia política, aparece otro riesgo: que el país termine discutiendo solamente culpables y deje de discutir soluciones.

Y quizás ahí está uno de los mayores problemas del denuncismo: no solamente desgasta al adversario. También vacía la política.