Finalmente, el espectáculo detrás de Javier Vera, alias “Chaqueñito”, se va cerrando. Llegó a la Cámara de Senadores por Cruzada Nacional y, desde entonces, lo que vimos fue una secuencia de episodios que terminaron desplazando cualquier discusión de fondo. La gota que colmó el vaso fue un audio que involucra a un menor. Un punto grave, sin discusión.
Durante mucho tiempo, ni siquiera se podía hablar de política o de temas institucionales. La agenda quedaba absorbida por los escándalos que lo involucraban. Todo giraba alrededor de un personaje convertido en espectáculo.
Asumió con poco más de 8.000 votos, ubicado en el sexto lugar de la lista. Terminó ocupando la banca que no pudo asumir Rafael Esquivel, alias Mbururú. Desde ese momento: ruido, polémica y supervivencia política.
Pero esto no es solo Javier Vera. Es un sistema que permite que alguien llegue sin trayectoria, sin proceso político y sin filtro. Un perfil construido desde redes sociales que termina ocupando un espacio de poder. No es una excepción: es una consecuencia.
También es resultado del desbloqueo de listas. Se abrió la competencia, sí, pero se debilitó el filtro. Ya no se compite entre proyectos políticos, equipos u organizaciones. Se compite entre individuos. Y cuando la lógica es individual, la visibilidad pesa más que la representación.
En ese terreno, las redes sociales juegan un rol central. Premian la exposición, el conflicto, el impacto inmediato. Pero la visibilidad por sí sola no alcanza: necesita organización, proyecto y estructura. Eso es lo que fortalece la democracia. Cuando no existe, lo que queda es el individuo representándose a sí mismo.
Y algo importante: el problema no es que alguien venga de abajo. Al contrario, es necesario que sectores populares lleguen a la política. Eso fortalece la democracia. El problema es cuando no hay representación real. Vera no representó a su gente ni a su origen. Fue visibilidad sin contenido.
Los medios también jugaron su parte. El caso ocupó el centro de la agenda no por su peso institucional, sino por su capacidad de generar atención. El personaje se volvió contenido, y el contenido desplazó al análisis. Mientras tanto, los temas estructurales quedaron en segundo plano.
Y también hay que decirlo: el caso de Javier Vera no limpia ni diferencia a otros legisladores que también han mostrado niveles preocupantes de representación. No es una excepción aislada, es parte de un problema más amplio.
Hay responsabilidades políticas. Vera llegó de la mano de Paraguayo Cubas y Yolanda Paredes, y fue cobijado por sectores como la bancada de Honor Colorado y el senador Luis Rubén Kobylanski.
La aparición del audio marca un límite. Hay un menor involucrado y eso debe investigarse con seriedad. Ese es el punto que vuelve la situación insostenible.
Pero incluso si esto termina con una sanción, el problema de fondo sigue intacto. Porque el sistema que permitió que Javier Vera llegue al Senado no cambió.
La política necesita abrirse, pero también necesita filtros. Y esos filtros pasan por partidos políticos, organización e institucionalidad. Sin eso, la representación se vacía y la visibilidad ocupa su lugar.
Y por respeto a los chaqueños, a partir de ahora corresponde llamarlo por su nombre: Javier Vera.