Cuando le propusimos a Sara Benítez conversar sobre el tiempo, el buen vivir, la salud y la relación con la naturaleza, respondió primero con una broma: “Te responderé, pero hablando de tiempo, ¡no me apures!”. Después preguntó hasta cuándo podía responder. La contestación fue sencilla: “Cuando vos puedas”. Sin buscarlo, la conversación ya había empezado a girar alrededor del tiempo y de la libertad de decidir cómo vivirlo. Conocida como Jaryi Sara, lleva unos 30 años caminando junto a comunidades mbyá guaraní. Cuenta que fueron los propios abuelos y abuelas quienes, después de años de vivir con ellos, la designaron Jaryi, un rango de liderazgo espiritual femenino que asume, según sus palabras, “con humildad y total convicción”. Entre quienes marcaron ese camino recuerda a Karai Miri, Karai Tataendy y Jaryi Jasuka Vendy.
Karai Miri, uno de los grandes maestros de Jaryi Sara, quien falleció en 2022. Foto Desirée Esquivel.
Vivir en paz
Cuando Sara habla del buen vivir, no empieza por aquello que una persona tiene. Empieza por cómo vive.
“Vivir bien o buen vivir, para mis parientes mbyá, es vivir en paz, desprovistos de toda preocupación y prisa”, explica.
En esa forma de entender la vida aparece también nuestra relación con lo que ocurrió y con aquello que todavía no sucedió. “El apuro, esa ansiedad por saber lo que pasará o la angustia por aquello que ya sucedió, está fuera de todo control humano”, dice.
Para enfrentar esas situaciones, sostiene, el espíritu debe estar fuerte. Allí aparece el Opy, el espacio sagrado de la espiritualidad mbyá. Entre cantos, danzas y plegarias dirigidas por los Tamoi o las Jaryi, se busca fortalecer el espíritu.
El ser humano es, según explica, Ñe'e pora, el espíritu que habita el cuerpo y necesita renovar constantemente la energía que lo levanta y mantiene vivo cada día.
La salud, desde esa mirada, tampoco se vive únicamente de manera individual. En los Mborai, los cantos sagrados, las plegarias son en plural. Se pide por las imperfecciones, por la Tierra y por la humanidad. Cuando alguien de la comunidad enferma, los demás acompañan los rituales de sanación.
Jaryi Jasuka Vendy descansa en su hamaca. La abuela y referente espiritual mbyá falleció en 2023.
“Todos sanarán junto con ese ser sufriente y así volverá la armonía, la alegría entre todos”, señala. Y lo resume en una frase: “Cuidar de los demás es cuidar de mí”.
El tiempo es poder
La broma del comienzo cobra sentido cuando explica cómo entiende el tiempo.
“El tiempo es poder, quien tiene control sobre ello, controla el mundo”, afirma. Pero enseguida aclara qué significa para ella ese control: “No está sujeto a las manecillas del reloj, sino al bienestar que me provoca el tiempo de cada cosa”.
Dice que esta es una de las razones por las que el pueblo mbyá suele ser incomprendido. “Hacemos y vivimos conforme y durante todo aquello que nos gusta hacer”.
Eso incluye el trabajo. “Vamos a trabajar lo necesario para generar lo que estamos procurando”, explica. Lo que cuestiona es entregar a ese trabajo aquello que considera más valioso: “No tiene sentido invertir tanto tiempo en algo que me quita los mayores placeres de mi vida”.
Utiliza entonces otra expresión, Ñevanga pora'i, que ella explica como “seres creados para ser felices”. Desde esa mirada, aquello que ocupa nuestro tiempo también debería permitir espacio para lo que hace bien y da libertad.
Karai Tataendy junto a su petyngua, la pipa sagrada utilizada en la espiritualidad mbyá.
“Nada es más valioso que ser libres para conversar durante horas, o tomar mate, tereré, o ir de pesca o simplemente estar sin hacer nada. Tiempo es poder. Poder de libertad”.
Somos parte de la naturaleza
Cuando la conversación llega a las plantas y a las formas tradicionales de sanar, aparece nuevamente la espiritualidad.
“Todos los seres vivos poseen un espíritu duende que lo habita, las plantas, los animales, los humanos”, explica. Desde esa concepción, sostiene que para que la herbolaria actúe sobre el cuerpo debe existir también la aceptación de que se está recurriendo a otro ser vivo.
Los brebajes o preparados, cuenta, son realizados por abuelos, abuelas o personas “muy conocedoras de cada especie, su uso, su época y, por sobre todo, respetuosas de ellas”.
La idea que atraviesa esta relación con las plantas es la interdependencia. “Entendemos y asumimos que somos uno con toda la naturaleza, que existe una relación de interdependencia”, dice. Si esos lazos se cortan, sostiene, faltaría una parte importante de aquello que ayuda al bienestar entre todos.
Lo que dejaron los abuelos
Sara habla de los últimos ancianos y ancianas sabias con quienes dice haber caminado durante unos 30 años. De ellos recibió ideas sobre la libertad, la armonía, la complementariedad, la lealtad y la conciencia.
“Me han enseñado que la humildad es la fuente de todas las virtudes”, recuerda. También habla del Yvara Miri, el ser humano como reflejo del universo, con enormes capacidades para crear, amar y ayudar.
Jaryi Sara junto a Karai Ñe'ery, uno de los ancianos mbyá, quien tiene casi 100 años.
Otra de esas enseñanzas fue que “la única manera de ayudar al otro es involucrándote hasta el punto de ser uno con el otro”. Aquellos abuelos la invitaron a vivir junto a ellos para intentar comprenderlos, aceptarlos y respetarlos. “Ore rami reiko vaera”, recuerda que le dijeron: vivir como nosotros.
Entre esas voces menciona a Jaryi Jasuka Vendy y una reflexión que compartió durante una charla con jóvenes en Chile. La abuela describía al ser humano como tyguata kuaa'y, insaciable, alguien que incluso busca sentirse omnipotente. Para poner ese poder en perspectiva, planteaba algo mucho más grande que nosotros: el viento y los elementos de la naturaleza. Si algún día el ser humano pudiera controlarlos, decía, recién entonces podría afirmar que realmente tiene poder.
Sara guarda también una anécdota de Karai Miri, a quien llama su padre de corazón.
Estaban en una reunión importante. Incluso había un jefe de Estado presente. En un momento, este se acercó a Karai Miri y le preguntó qué necesitaba, qué podía hacer por él.
El anciano había llevado su petyngua, la pipa sagrada, pero no conseguía encender el tabaco. Explicó que su humo lo ayudaría a reflexionar sobre lo que se estaba conversando.
Su pedido fue apenas uno:
“¿Podrías conseguirme un fósforo?”
Los presentes sonrieron. Para Sara, detrás de aquella respuesta había algo más. Karai Miri, dice, estaba expresando que “todo lo más importante es el fuego y aquí están hablando con mucha frialdad”.
Después de tres décadas de caminar junto a esos abuelos y abuelas, Sara no se presenta como alguien que terminó de aprender. Cuando habla de aquel recorrido utiliza una definición mucho más sencilla:
“Aquí estoy, siguiendo esos pasos y esas huellas, eterna aprendiz de la vida y sus diversas expresiones”.