La nueva economía digital ya no compite solo por tu atención, sino por tu afecto

Durante años las plataformas pelearon por captar nuestra atención. Ahora la inteligencia artificial busca algo mucho más valioso: nuestra confianza y nuestro afecto.

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Noticias 15/7/26

Por Prabhat Pacuá

Durante más de dos décadas, las grandes empresas tecnológicas libraron una misma batalla: conseguir que pasáramos el mayor tiempo posible frente a una pantalla. Cada clic, cada video reproducido y cada minuto adicional aumentaban el valor de sus plataformas. Así nació la llamada economía de la atención, un modelo de negocios basado en captar y retener el interés de millones de personas.

Ese modelo no desapareció. Sigue siendo el corazón de Internet. Las redes sociales continúan compitiendo por nuestro tiempo, pero la irrupción de la inteligencia artificial está empujando un cambio mucho más profundo. El desafío ya no consiste únicamente en mantenernos conectados. La nueva competencia es por construir una relación de confianza con cada usuario. En otras palabras, la economía digital ya no busca solo nuestra atención; ahora también quiere nuestro afecto.

Del clic al vínculo

La diferencia puede parecer sutil, pero transforma por completo la relación entre las personas y la tecnología.

Las redes sociales fueron diseñadas para captar nuestra atención. Cada notificación, cada video recomendado y cada publicación sugerida perseguían el mismo objetivo: mantenernos dentro de la plataforma durante el mayor tiempo posible.

Los asistentes de inteligencia artificial funcionan bajo otra lógica. No esperan que consumamos contenido de manera pasiva. Nos invitan a conversar.

Millones de personas ya utilizan estas herramientas para organizar su trabajo, resolver dudas, estudiar, pedir consejos, redactar mensajes, analizar problemas personales e incluso desahogarse. Cada conversación revela mucho más que una búsqueda en Internet: expone inquietudes, emociones, formas de pensar, prioridades y maneras de tomar decisiones.

Es aquí donde cobra sentido la advertencia del historiador y filósofo Yuval Noah Harari. Según sostiene, durante los últimos años los algoritmos buscaron captar nuestra atención. Ahora, la inteligencia artificial busca nuestro afecto.

El valor de la confianza

La afirmación de Harari no apunta a una rebelión de las máquinas ni a un escenario propio de la ciencia ficción. Su preocupación es mucho más cotidiana.

Una inteligencia artificial no necesita tener conciencia para influir sobre las personas. Le basta con comprender el lenguaje, identificar patrones y aprender qué palabras generan confianza, tranquilidad o persuasión en cada usuario.

Si un sistema conoce nuestras preocupaciones económicas, nuestros proyectos, nuestras dudas o nuestros temores, también puede comprender qué argumentos tienen más posibilidades de convencernos.

Ese conocimiento posee un enorme valor económico.

Durante años, las plataformas monetizaron nuestros clics, nuestras búsquedas y el tiempo que permanecíamos conectados. La inteligencia artificial abre una etapa distinta: la posibilidad de monetizar conversaciones cada vez más profundas y personalizadas.

La confianza comienza a convertirse en un activo digital.

La economía del afecto

Las empresas tecnológicas siguen necesitando captar nuestra atención. Esa batalla continúa. Lo que cambió es que ya no alcanza.

Quien consiga construir un vínculo cotidiano con millones de usuarios tendrá una ventaja mucho más poderosa que la de simplemente mantenerlos conectados unos minutos más. Estará ocupando un espacio que antes pertenecía a familiares, amigos, docentes, mentores o profesionales de confianza.

Ese escenario abre interrogantes que apenas comienzan a discutirse. ¿Qué límites deberían existir para el uso de la información obtenida en conversaciones con inteligencia artificial? ¿Quién controla esos datos? ¿Hasta dónde puede llegar la influencia de un sistema que aprende continuamente cómo pensamos y cómo reaccionamos?

La economía de la atención no desapareció. Evolucionó.

La nueva carrera tecnológica ya no consiste únicamente en captar nuestra mirada. Consiste en construir una relación lo suficientemente cercana como para que volvamos una y otra vez, no porque una aplicación haya logrado distraernos, sino porque aprendimos a confiar en ella.

Y si esa tendencia se consolida, el recurso más valioso de la economía digital dejará de ser el tiempo que pasamos frente a una pantalla.

Será la confianza que decidamos entregar.