Durante décadas, Paraguay fue presentado como un país con potencial. Energía barata, estabilidad macroeconómica, impuestos competitivos y ubicación estratégica aparecían una y otra vez en discursos oficiales, foros empresariales y presentaciones para inversionistas. Sin embargo, gran parte de esa conversación giraba alrededor de una palabra incómoda: futuro. Paraguay podía convertirse en un destino atractivo. Paraguay podía atraer industrias. Paraguay podía crecer más que sus vecinos.
Hoy la discusión empieza a ser diferente. Ya no se trata solamente de expectativas o narrativas. Detrás de los números aparecen bancos de inversión, organismos multilaterales, empresas extranjeras, industrias manufactureras y grupos empresariales que están tomando decisiones concretas. Y cuando actores distintos, con intereses distintos y sin coordinación entre sí comienzan a moverse en la misma dirección, vale la pena prestar atención.
El caso más reciente fue la caída del riesgo país de Paraguay a 99 puntos básicos según el índice EMBI de J.P. Morgan, el nivel más bajo registrado para el país. La cifra ubicó a Paraguay entre las economías con menor riesgo de América Latina, por delante de países considerablemente más grandes como Brasil, México y Colombia.
Por sí solo, el dato puede parecer técnico. Sin embargo, detrás de él existe un mensaje claro: los mercados financieros internacionales consideran que Paraguay representa hoy una apuesta menos riesgosa que años atrás.
La señal no aparece aislada.
El Ministerio de Industria y Comercio informó recientemente que las inversiones aprobadas bajo la Ley 60/90 alcanzaron USD 323 millones al cierre de mayo, con un crecimiento interanual del 29 %. Paralelamente, más de 1.150 empresas extranjeras se constituyeron en Paraguay durante los últimos dos años y medio, mientras continúan aumentando las consultas y proyectos provenientes de Europa, Norteamérica y Asia.

De la expectativa a la decisión
Durante años, el principal argumento a favor de Paraguay estuvo basado en ventajas estructurales: energía abundante, baja presión tributaria y estabilidad monetaria.
Sin embargo, las ventajas por sí solas no producen transformaciones. Lo que transforma una economía son las decisiones.
Y esas decisiones comienzan a aparecer.
Empresas vinculadas a marcas internacionales como Nike, Umbro, Fila, ASICS y Champion iniciaron procesos de producción en Paraguay a través de alianzas industriales y proyectos manufactureros orientados a la exportación. A esto se suman anuncios de expansión de maquilas, inversiones industriales y el interés de grupos empresariales regionales por desembarcar en el país.
Incluso el empresario brasileño Luciano Hang, propietario de la cadena Havan, confirmó que evalúa la posibilidad de instalar operaciones en Paraguay dentro de su estrategia de expansión regional.
Lo relevante no es un proyecto aislado. Lo relevante es la acumulación de señales.
Mientras organismos internacionales proyectan que América Latina mantendrá ritmos moderados de crecimiento, Paraguay aparece de manera recurrente entre las economías con mejores perspectivas de expansión. El Banco Mundial estima que el país crecerá por encima del 4 % durante los próximos años, superando ampliamente el promedio regional.
Por primera vez en mucho tiempo, distintos indicadores financieros, empresariales y productivos parecen estar contando la misma historia.

Un fenómeno que trasciende al Gobierno
Uno de los errores más frecuentes al analizar estos datos consiste en reducirlos a una discusión partidaria.
La transformación que comienza a observarse no depende exclusivamente de un gobierno ni puede explicarse únicamente desde la política.
De hecho, algunos de los datos más llamativos provienen de actores que mantienen posiciones críticas hacia la administración de Santiago Peña.
Documentos oficiales de la Dirección Nacional de Ingresos Tributarios (DNIT) muestran que las empresas vinculadas al Grupo Zuccolillo pasaron de pagar G. 291.575 millones en impuestos en 2021 a G. 461.724 millones en 2024. El incremento ronda el 58 % en apenas cuatro años.
El dato adquiere relevancia porque se trata del conglomerado empresarial propietario de ABC Color, uno de los medios más críticos hacia el actual Gobierno.
Más allá de las posiciones editoriales o de los debates políticos, los números muestran que el grupo expandió su actividad económica durante este período. Incluso en 2025, sin que el ejercicio fiscal estuviera cerrado al momento de la publicación de los datos, los pagos tributarios ya se acercaban a los niveles récord alcanzados el año anterior.
Los impuestos no constituyen una medición perfecta del desempeño empresarial, pero sí funcionan como una señal indirecta de actividad económica, facturación y volumen de operaciones.
Por eso el dato resulta significativo.
Si la mejora en algunos indicadores proviniera únicamente de sectores alineados con el Gobierno, podría interpretarse como una lectura parcial. Sin embargo, cuando los números también aparecen en conglomerados empresariales que sostienen posiciones públicas críticas, la discusión cambia de naturaleza.

Lo que está pasando delante de nuestros ojos
Quizás el rasgo más interesante de esta transformación es que ocurre sin estridencias.
No existe una única gran inversión que explique todo. No hay una reforma aislada capaz de resumir el fenómeno. Tampoco hay un acontecimiento puntual que marque con claridad el inicio de una nueva etapa.
Lo que existe es una acumulación de señales.
Un riesgo país en mínimos históricos.
Más inversiones productivas.
Más empresas extranjeras.
Más industrias observando al país.
Más proyectos manufactureros.
Más confianza por parte de mercados e inversionistas.
Por separado, cada dato puede parecer una noticia económica más.
Juntos comienzan a dibujar algo distinto.
Durante décadas, Paraguay fue explicado por lo que podía llegar a ser. Hoy empiezan a multiplicarse los indicadores que muestran lo que efectivamente está ocurriendo.
La transformación todavía está en marcha. Sus resultados finales aún están por escribirse. Pero algo parece cada vez más evidente: Paraguay comienza a dejar atrás la etapa de las promesas para ingresar en la etapa de las decisiones.
Y ese cambio está ocurriendo delante de nuestros ojos.