El partido entre Paraguay y Francia por el Mundial dejó una escena que rápidamente desplazó la discusión deportiva. Tras la eliminación paraguaya, el arquero Orlando Gill se acercó a Kylian Mbappé para saludarlo, pero el delantero francés siguió celebrando sin responder al gesto. Las imágenes se viralizaron y provocaron una reacción colectiva impetuosa: indignación en las redes sociales, cuestionamientos públicos y hasta expresiones políticas que convirtieron un saludo frustrado en un asunto nacional.
La intensidad de aquella respuesta expuso una contradicción difícil de ignorar. Paraguay puede reaccionar con una furia casi volcánica cuando percibe un menosprecio hacia uno de sus representantes, pero convive con hospitales deficientes, un transporte público precario y sucesivos casos de corrupción sin expresar siempre una indignación equivalente. Para el psiquiatra y antropólogo Agustín Barúa, la diferencia no se explica simplemente por una falta de conciencia ciudadana. Su hipótesis apunta a una dimensión más profunda: la historia emocional del país y la manera en que los paraguayos aprendieron a sobrevivir dentro de ella.
Heridas que siguen presentes
Barúa sostiene que los paraguayos cargan una sucesión de acontecimientos colectivos traumáticos que nunca fueron suficientemente procesados. La conquista española, la Guerra contra la Triple Alianza, la Guerra del Chaco, la revolución de 1947, la dictadura de Alfredo Stroessner y la vulneración permanente de derechos habrían formado lo que describe como un “hojaldre de dolor”: distintas capas históricas que permanecen presentes, aunque muchas veces sean negadas o silenciadas.
En lugar de hablar de esas pérdidas, Paraguay construyó un poderoso relato heroico alrededor de su identidad. La imagen del pueblo resistente, guerrero y capaz de levantarse después de cada destrucción ofreció un soporte emocional necesario para una sociedad profundamente golpeada. Barúa no rechaza ese relato ni niega su valor. Su observación es que, al volverse prácticamente intocable, también impide discutir aquello que existe detrás del heroísmo: las muertes, las derrotas, los autoritarismos y los duelos que nunca tuvieron una reparación colectiva.
Imágenes de la guerra civil de 1947
La propuesta guarda relación con el concepto de memoria colectiva desarrollado por el sociólogo Maurice Halbwachs, quien planteó que las sociedades no recuerdan el pasado de manera neutral, sino a través de marcos compartidos que seleccionan, organizan y transmiten determinados recuerdos. También dialoga con los estudios de Kai Erikson sobre el trauma colectivo y con la teoría del trauma cultural de Jeffrey Alexander, según la cual una comunidad puede conservar durante generaciones las marcas de acontecimientos que dañaron su identidad.
Desde esa perspectiva, el gesto de Mbappé no fue interpretado solamente como la conducta de un jugador después de un partido. Tocó un territorio simbólico mucho más sensible: el reconocimiento del paraguayo ante una figura mundial y ante una selección poderosa. La omisión del saludo pudo percibirse como una nueva expresión de desprecio hacia un país que históricamente se sintió ignorado, menospreciado o colocado en una posición secundaria. La reacción, por tanto, no habría respondido exclusivamente a lo que ocurrió en la cancha, sino también a aquello que la escena representó.
Barúa utiliza una comparación sencilla para explicar el fenómeno. Cuando una persona atraviesa una pérdida, no llora necesariamente solo por el episodio reciente; también puede llorar otras pérdidas anteriores que nunca procesó. En una sociedad podría ocurrir algo parecido: un hecho aparentemente pequeño activa una cadena de dolores acumulados y genera una respuesta que parece desproporcionada cuando se observa únicamente el acontecimiento inmediato.
Entre el alarido y el silencio
Para describir esta contradicción, Barúa desarrolla el concepto de la condición espectral de los paraguayos. Su investigación en la Universidad Nacional de Pilar parte de la idea de una sociedad que oscila entre dos estados: una presencia intensa, ruidosa y emocional, y una ausencia marcada por el silencio, la pasividad y la complacencia.
El episodio de Mbappé representa el primer extremo. Cuando se toca un símbolo vinculado con la identidad nacional, aparece el alarido colectivo. El paraguayo se manifiesta, se enfurece, defiende lo suyo y convierte un hecho particular en una causa común. La Albirroja ocupa un lugar central en esa reacción porque, según Barúa, es uno de los pocos símbolos que todavía conservan una validación colectiva amplia en Paraguay, junto con la Virgen de Caacupé.
Imagen de la Virgen de Caacupé
En cambio, la corrupción, el transporte deficiente o las carencias del sistema de salud se ubican en el otro extremo del movimiento. No porque produzcan menos sufrimiento, sino porque forman parte de una experiencia cotidiana ante la cual la sociedad desarrolló mecanismos de adaptación. Cuando una persona enfrenta todos los días dificultades para acceder a la salud, trasladarse, trabajar o ejercer derechos básicos, la indignación permanente puede volverse emocionalmente insostenible.
La aparente sumisión no necesariamente expresa conformidad. Puede revelar agotamiento, falta de expectativas y la percepción de que ninguna reacción individual modificará un sistema que lleva décadas funcionando de la misma manera. La corrupción deja de presentarse como una ruptura excepcional y se incorpora al paisaje. El transporte deficiente ya no sorprende porque sus fallas son previsibles. Las carencias hospitalarias generan dolor, pero también una resignación construida después de innumerables experiencias similares.
Para amplios sectores de la población, la vida consiste en resolver diariamente una difícil ecuación de subsistencia. En ese contexto, conectarse de manera permanente con el dolor podría provocar un derrumbe para el cual tampoco existen redes suficientes de apoyo. El endurecimiento emocional se convierte entonces en una forma de protección.
Esto ayuda a comprender por qué la misma sociedad puede ser explosiva ante Mbappé y aparentemente pasiva frente a la corrupción. No se trataría de que el futbolista francés importe objetivamente más que el dinero público, los hospitales o el transporte. Cada situación activa una respuesta diferente. El símbolo nacional permite canalizar emociones concentradas, mientras los problemas estructurales obligan a desarrollar estrategias de supervivencia para continuar con la vida cotidiana.
El enojo permitido
Barúa introduce otro elemento que atraviesa especialmente a los hombres paraguayos: la dificultad para expresar vulnerabilidad. En una cultura donde llorar, pedir ayuda o reconocer tristeza puede interpretarse como debilidad, el enojo se convierte en una de las pocas emociones socialmente permitidas.
De esa manera, dolores que no encuentran palabras pueden transformarse en rabia. La persona que no habla de su frustración económica, de su impotencia frente a las instituciones o de su sensación de abandono encuentra en un episodio deportivo una ocasión legítima para expresar una intensidad emocional que normalmente debe contener.
El psiquiatra, investigador y docente, Agustín Barúa
El fútbol ofrece además un espacio colectivo donde el enojo no solo está autorizado, sino que puede presentarse como patriotismo. Defender al arquero paraguayo permite exteriorizar la bronca sin admitir fragilidad. En cambio, reconocer que un sistema injusto produce miedo, tristeza o desesperanza exige una exposición emocional mucho más difícil y, en muchos casos, también una organización política o comunitaria que no siempre está disponible.
Barúa advierte que comprender este mecanismo no significa justificar insultos, expresiones racistas o reacciones violentas. Su enfoque combina comprensión y responsabilidad: una sociedad puede analizar de dónde proviene una conducta sin dejar de cuestionar sus consecuencias. El dolor merece ser reconocido, pero no convierte cualquier respuesta en aceptable.
La pregunta planteada por el episodio de Mbappé, por tanto, no debería limitarse a decidir si el futbolista actuó con arrogancia o si la reacción paraguaya fue exagerada. El caso revela algo más incómodo: Paraguay parece tener mayor facilidad para defender sus símbolos que para discutir las condiciones que deterioran diariamente la vida de su población.
Mientras los dolores históricos sigan refugiados exclusivamente en relatos heroicos y las injusticias cotidianas continúen procesándose mediante la supervivencia, el país podría seguir moviéndose entre el alarido y el silencio. La indignación aparecerá con fuerza cuando alguien toque la identidad nacional, pero se diluirá frente a estructuras que parecen demasiado antiguas, poderosas o permanentes para ser transformadas.
El desafío que plantea Barúa no consiste en dejar de indignarse por Mbappé. Consiste en comprender por qué esa energía colectiva encuentra salida ante un saludo omitido, pero pocas veces logra sostenerse frente a la corrupción, la precariedad de la salud o el transporte público. Procesar los duelos históricos, reconstruir los vínculos comunitarios y recuperar la expectativa de que los derechos pueden exigirse permitiría que el dolor no termine siempre convertido en resignación o enojo.
Porque quizás no nos duele más Mbappé que la corrupción. Tal vez Mbappé nos ofrece una oportunidad inmediata para gritar, mientras la corrupción nos ha enseñado, durante demasiado tiempo, a sobrevivir en silencio.