Rockero ya es mayor de edad: cómo un clásico bar asunceno hizo de la esencia su sello

Nació en 2008 para un público que buscaba un lugar propio en la noche asuncena. Dieciocho años después, Rockero mantiene la identidad que lo convirtió en un clásico, donde la música, la comunidad y la autenticidad siguen marcando el ritmo.

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Ecosistema 13/7/26
Fachada de Rockero, símbolo del rock en Asunción

Hay lugares que sobreviven porque se adaptan a las modas. Otros lo hacen porque nunca renuncian a lo que son. En una ciudad donde bares y propuestas nocturnas aparecen y desaparecen con rapidez, Rockero, ubicado sobre la esquina de Manuel Domínguez y Estados Unidos, llegó a los 18 años sin cambiar aquello que lo hizo diferente desde el principio: una vieja casa convertida en refugio para amantes del rock, una selección musical con personalidad propia y un ambiente donde clientes, trabajadores y músicos terminaron construyendo una comunidad.

La banda Paiko durante una de sus presentaciones en el escenario de Rockero

El 10 de julio de 2008, Augusto Insfrán abrió las puertas del bar por una razón mucho más práctica que romántica: necesitaba trabajar. Después de varios intentos en otros rubros gastronómicos, entendió que existía un público que había quedado sin un lugar donde reunirse. No salió a perseguir una moda; encontró un espacio que nadie estaba ocupando. Dieciocho años después, aquel proyecto sostiene una estructura de unas 35 personas, entre trabajadores permanentes, personal eventual y prestadores de servicios. Muchos forman parte del equipo desde hace años y otros encontraron en Rockero mucho más que un lugar de trabajo.

Gabi, Augusto, Chiro y Mono, parte del equipo que dio identidad a Rockero.

Una identidad que decidió quedarse

En estos 18 años cambiaron los gustos musicales, aparecieron nuevos estilos y también otra forma de vivir la noche. Rockero, sin embargo, eligió otro camino.

"La idea era tener una esencia que no fuera efímera", resume Augusto Insfrán al explicar por qué apostó al rock como columna vertebral del bar. La apuesta no era seguir una tendencia, sino construir una identidad capaz de resistir el paso del tiempo. Aquella decisión terminó moldeando mucho más que una carta de bebidas o una estética. Definió el ambiente, el tipo de público y también la música que acompaña cada noche desde hace casi dos décadas.

Esa identidad también implicó mucho trabajo silencioso. Augusto recuerda una noche de lluvia torrencial en la que tuvo que subir al techo con una carpa para evitar que el agua cayera sobre los equipos del DJ. Mientras él luchaba con el viento y la lluvia, abajo la música seguía sonando y nadie se enteraba de lo que ocurría. "Lo importante era que la noche siguiera", recuerda. Quizás esa escena explique mejor que cualquier otra por qué Rockero llegó a los 18 años sin dejar de ser él mismo.

Así lucía el patio de Rockero en sus primeros años. Dieciocho años después, casi nada cambió.

Dos DJs, una misma identidad

Quienes frecuentan Rockero conocen bien a Chiro y Mono. Entre los clientes existe una discusión que aparece una y otra vez: ¿quién pone mejor la música? Ellos mismos alimentan esa pequeña rivalidad con humor, aunque detrás de sus estilos diferentes hay una misma idea: cuidar la personalidad del lugar.

Cuando se le pregunta a Chiro qué tres canciones nunca deberían faltar en Rockero, responde sin dudar: Alive, de Pearl Jam; Wonderwall, de Oasis; y Like a Stone, de Audioslave. También deja una frase que cualquier habitué escuchó alguna vez: "No se aceptan pedidos". Lo dice entre sonrisas, pero detrás hay una convicción. Para él, cada noche tiene un recorrido musical y romperlo sería perder parte del sello que el bar construyó con los años.

Chiro junto a Ross Marquand, actor de The Walking Dead, durante su visita a Rockero

Mono coincide en el objetivo, aunque desde otra mirada. "Si el pedido pega, ¿por qué no? Es hacer feliz a una persona", explica. Acepta sugerencias cuando acompañan el ambiente, pero marca un límite cuando aparecen pedidos de reguetón, cumbia o canciones que rompen completamente el clima del lugar. Más que un playlist fijo, habla de una cultura musical donde conviven Soda Stereo, Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, Bon Jovi, AC/DC, Depeche Mode, Oasis y buena parte del rock que marcó a distintas generaciones.

Dos estilos distintos, una misma identidad. Esa combinación también terminó siendo parte del sello de Rockero. Completa el equipo Gaspi, el tercer DJ de la casa, que cada tanto toma la consola y continúa la misma propuesta musical.

Mono detrás de la consola, desde donde musicalizó incontables noches en Rockero

Personalidades que también encontraron su lugar

Con el paso de los años, Rockero también se convirtió en una parada casi obligada para músicos, artistas, periodistas, actores, deportistas e incluso figuras de la política que buscaban terminar la noche lejos de los escenarios o de los actos oficiales.

Mono recuerda especialmente las visitas de integrantes de No Te Va Gustar, El Plan de la Mariposa, alt-J, entre otros, además del cantante de Leprous, Einar Solberg, quien incluso compartió imágenes del lugar durante su paso por Paraguay. Chiro, por su parte, evoca las dos noches que pasó en Rockero Ross Marquand, actor de The Walking Dead, quien regresó después de su primera visita porque le había gustado el ambiente. También menciona al exfutbolista uruguayo y exjugador de Cerro Porteño, Diego Forlán, además de músicos de Los Pericos, Café Tacvba y muchas otras bandas, que eligieron el bar como punto de encuentro durante su estadía en Paraguay. En el caso de Forlán, la noche terminó, como tantas otras, comiendo una chipa en la vereda.

Pero las anécdotas no terminan ahí. A lo largo de estos dieciocho años también pasaron por sus mesas periodistas, músicos paraguayos, actores, empresarios, deportistas, políticos y clientes anónimos que encontraron el mismo ambiente. Algunos llegaron por recomendación, otros por casualidad y varios terminaron convirtiéndose en habitués. En Rockero, la fama nunca fue el requisito para encontrar un lugar; la única condición fue sentirse parte de una comunidad.

El recordado Jorge "Jork" Aveiro †, actor, diseñador de moda y gran amigo de Rockero.

Amigos de la noche

Antes de que alguien llegue hasta la barra para pedir una cerveza, muchas veces ya se escucha un saludo que atraviesa el salón.

"¡Babyyy!"

Es Gabriela Galeano, simplemente Gabi para todos. Hace años que recibe a los clientes con la misma naturalidad con la que saluda a un viejo amigo. Y, en muchos casos, realmente lo son.

Después de tanto tiempo detrás de la barra, asegura que muchos clientes ya forman parte de su familia. La invitan a cumpleaños, casamientos y hasta le cuentan cuando una relación terminó. Ella los llama, entre sonrisas, sus "amigos nocturnos". Escucha historias de amor, proyectos, separaciones, alegrías y frustraciones. Sin proponérselo, terminó convirtiéndose en una especie de confidente de la noche asuncena.

Gabi recibe a los clientes con el saludo que ya es un clásico: "¡Babyyy!"

Su memoria también guarda decenas de anécdotas. Conoce quién siempre llega con el mismo grupo, quién vuelve después de años y hasta desarrolló una forma muy particular de salir de situaciones incómodas. Cuando algún cliente aparece con una pareja distinta, evita los nombres y lanza una sonrisa: "¡Al fin te veo con alguien!". Todos entienden el mensaje y la noche sigue su curso.

Ese vínculo llega incluso a niveles poco habituales. Hay clientes de toda la vida que, cuando el bar está lleno, simplemente se despiden y pagan la cuenta al día siguiente mediante una transferencia. No es una política del local; es una confianza construida durante años.

"Acá uno viene solo y siempre termina encontrando a alguien conocido", resume Gabi. Probablemente sea la definición más sencilla de lo que representa Rockero.

Gabi con el cartel de "El confesionario", un guiño a su vínculo con los clientes

Los que no siempre se ven

La historia de Rockero también se sostiene en personas que pocas veces aparecen en las fotografías. Están quienes reciben a los clientes en la entrada, quienes pasan horas detrás de la caja, quienes preparan una pizza, una empanada o un sándwich cuando la noche ya parece terminar. También están los trabajadores que durante años ayudaron a construir el lugar y que hoy ya no forman parte del equipo, pero siguen siendo recordados por clientes y compañeros.

Hay detalles que para muchos pasan desapercibidos, pero que también cuentan la historia del bar. Están los mensajes escritos en las paredes del baño, que se renuevan desde hace años y guardan desde declaraciones de amor hasta frases improvisadas después de una madrugada. También los stickers que fueron cubriendo la barra, pequeñas marcas que dejaron músicos, bandas y clientes, convirtiéndola en una especie de mural espontáneo. A eso se suman los conciertos acústicos de mitad de semana, las noches dedicadas a bandas paraguayas con temas propios y los sábados de tributos al rock. Por ese pequeño escenario ya pasaron miles de músicos, mientras cientos de bandas encontraron allí un espacio para tocar frente a un público que sigue haciendo de la música el principal motivo para volver.

Parte del equipo de Rockero, protagonista de 18 años de historia y trabajo

Un clásico que eligió ser él mismo

En estos 18 años no solo cambió la ciudad. También cambió el público. Es común encontrar jóvenes que descubren Rockero por primera vez, habitués que llevan casi dos décadas ocupando la misma mesa e, incluso, padres e hijos compartiendo una cerveza y una misma banda sonora. Esa convivencia entre generaciones demuestra que el rock sigue encontrando nuevos espacios para reunirse.

Las paredes también hablan: mensajes y recuerdos escritos por generaciones de clientes

Dieciocho años después, Rockero ya es mayor de edad. Y aunque esta nota intenta entender qué hizo para llegar hasta acá, probablemente la respuesta esté en las pequeñas cosas que nunca cambiaron: una identidad clara, trabajadores que hicieron suyo el lugar, música elegida con criterio y una comunidad que, noche tras noche, siguió creciendo.

Hace 18 años crucé por primera vez esa puerta. Desde entonces volví incontables veces. No por costumbre, sino porque, como muchos otros, encontré un lugar donde siempre había una cara conocida, una conversación pendiente o una canción que sonaba en el momento justo. Tal vez por eso esta historia merecía ser contada. Porque algunos bares dejan de ser solamente un bar y terminan formando parte de la memoria.

Por Alfredo Guachiré