El Mundial terminó para Paraguay, pero Gustavo Alfaro dejó instalada una discusión que va más allá del resultado. En una conferencia cargada de autocrítica, dolor y mirada hacia adelante, el entrenador habló de una “revolución” para el fútbol paraguayo. No se refirió a cambiar un sistema táctico ni a renovar nombres. Su planteamiento fue más amplio: convertir el desarrollo del fútbol en una política de Estado, con planificación, continuidad y objetivos que sobrevivan a entrenadores, dirigentes y gobiernos.
La idea llega en un momento clave. Paraguay será parte del Mundial 2030 como sede de uno de los partidos inaugurales y acaba de cerrar una campaña que dejará US$ 17,5 millones para la APF: US$ 15 millones por alcanzar los octavos de final y US$ 2,5 millones correspondientes al aporte de preparación que la FIFA entrega a cada selección clasificada. La pregunta ya no es solo cuánto ingresa, sino qué se construye con ese impulso.
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Una política de Estado
En uno de los pasajes más fuertes de la conferencia, Alfaro sostuvo:
“Ojalá el fútbol de Paraguay fuese una cuestión de Estado, como lo es la salud, como lo puede ser la educación. Que tenga una política clara de un norte hacia dónde quiere ir”.
La frase necesita ser leída con precisión. No plantea que el Estado administre la APF ni que el Gobierno intervenga en la conducción de la Selección. Tampoco significa crear un presupuesto estatal para la Albirroja. Lo que propone es otra cosa: una alianza estable entre instituciones públicas, fútbol organizado y sector privado.
En ese esquema, la Secretaría Nacional de Deportes, el Ministerio de Educación, la APF, los clubes, las universidades, los municipios y las gobernaciones podrían trabajar bajo una misma hoja de ruta. El objetivo no sería ganar el próximo partido, sino fortalecer las divisiones formativas, mejorar infraestructura, capacitar entrenadores, incorporar ciencia deportiva y detectar talentos antes de que se pierdan en el camino.
Alfaro fue incluso más directo cuando habló del después. “Con lo que hicimos hasta acá no alcanza para el Mundial 2030”, advirtió. La frase marca el límite entre la emoción de una campaña mundialista y la necesidad de una estructura. Paraguay volvió a competir, recuperó parte de su identidad y obligó a Francia a sufrir hasta el final, pero el técnico dejó claro que ese salto no puede quedar atado a un solo ciclo.
Marca país
El planteamiento también tiene una lectura política y económica. El fútbol no solo mueve hinchas. También proyecta imagen, abre mercados, genera conversación global y funciona como una forma de marca país. En un Mundial, una selección no representa únicamente a once jugadores: representa idioma, cultura, turismo, inversión, consumo, identidad y pertenencia.
Por eso importa el planteamiento de Alfaro. Si Paraguay será vidriera en el Mundial 2030, el desafío no debería limitarse a organizar un partido inaugural o mostrar un estadio terminado. La discusión de fondo es si el país puede usar esa exposición para fortalecer su fútbol, ordenar su infraestructura deportiva y proyectar una imagen más ambiciosa de sí mismo.
En esa línea, el entrenador también habló de mantener viva una identidad. “No tenemos que dejar que se apague esta llama. Porque este es el fuego sagrado que siempre definió Paraguay”, dijo. La frase conecta con una dimensión simbólica que en política no es menor: los países también se construyen alrededor de relatos compartidos.
Modelos posibles
El planteamiento tiene antecedentes. Francia construyó parte de su modelo moderno con una articulación entre política deportiva nacional y federación. El Estado define lineamientos generales para el deporte y la Federación Francesa de Fútbol desarrolla su proyecto con autonomía, apoyada en centros de formación como Clairefontaine, uno de los símbolos de su sistema.
Kylian Mbappé (segundo de izquierda a derecha, fila superior) durante su formación en Clairefontaine.
Japón también apostó por una estrategia de largo plazo. Después de los años noventa, impulsó planes para fortalecer el fútbol desde las escuelas, profesionalizar su liga, formar entrenadores y sostener objetivos durante décadas. No fue una medida aislada ni una reacción emocional después de una derrota. Fue planificación.
La diferencia entre esos modelos y la improvisación es clara: el éxito no depende únicamente del seleccionador nacional. Depende de un sistema que forme jugadores, técnicos, dirigentes y estructuras competitivas.
El desafío del 2030
Alfaro insistió en que Paraguay debe “nivelarse para arriba” y no conformarse con haber vuelto a competir. En otro tramo de la conferencia, dejó una frase que resume el espíritu de su mensaje: “Discutan, pero construyan”. No fue un pedido menor en un país donde el fútbol, como la política, suele quedar atrapado entre internas, urgencias y ciclos cortos.
El Mundial 2030 ofrece una oportunidad concreta. No solo por el partido inaugural ni por la exposición internacional, sino porque obliga a discutir qué legado quiere dejar el país. La revolución que propone Alfaro no es que el Estado juegue al fútbol. Es que Paraguay deje de improvisar su desarrollo deportivo y empiece a planificarlo con la seriedad con la que debería planificar la salud o la educación.
La Albirroja ya demostró que puede competir. El paso siguiente, si se toma en serio la idea de Alfaro, es construir un modelo para que competir deje de ser un momento excepcional y se convierta en una política sostenida.