Los jóvenes tienen números suficientes para convertirse en una fuerza decisiva en las elecciones paraguayas. En las generales de 2023, 1.489.501 electores tenían entre 18 y 29 años, equivalentes al 31% del padrón. Sin embargo, ese peso potencial encontró un límite al momento de llegar a las urnas: la participación de los más jóvenes volvió a ubicarse por debajo de la registrada en buena parte de las franjas de mayor edad.
La tendencia no apareció únicamente en una elección. En las municipales de 2021, 1.457.822 jóvenes de entre 18 y 29 años estaban habilitados para votar. Entre los paraguayos de 18 a 24 años sufragó alrededor del 52%, mientras que entre los de 25 a 29 la participación rondó el 58%. A partir de los 30 años, la concurrencia aumentó y superó el 60% en varios grupos etarios.
Peso sin participación
Las generales de 2023 volvieron a mostrar la brecha. El PNUD calculó una participación del 55% entre los jóvenes de 18 a 24 años, frente al 61% registrado para la población general. El organismo señaló la participación juvenil como uno de los desafíos electorales del país.
Los datos desagregados permiten observar todavía mejor la diferencia. Entre las mujeres paraguayas de 18 a 24 años votó el 58,2% y entre los hombres, el 52,4%. En el grupo de 25 a 29 años las tasas fueron del 61,5% y 55,7%, respectivamente. Entre los 30 y 34 años, en cambio, alcanzaron el 71,5% entre las mujeres y 65,2% entre los hombres.
La baja participación juvenil tampoco es un fenómeno exclusivo de esos comicios. La Misión de Observación Electoral de la Unión Europea concluyó en su informe sobre las elecciones de 2023 que, pese a representar casi un tercio del electorado, la participación de las personas de 18 a 29 años había sido históricamente inferior al promedio nacional en las elecciones paraguayas desde 1998.
La inscripción automática eliminó una barrera para ingresar al padrón. Desde la vigencia de la Ley 4559/12, los paraguayos que alcanzan la mayoría de edad son incorporados automáticamente al Registro Cívico Permanente. En 2021, la Justicia Electoral estimaba que unos 285.000 jóvenes habían ingresado al padrón mediante este mecanismo.
El desafío, por tanto, ya no pasa solamente por estar habilitado. Una generación puede representar una porción considerable del padrón y, al mismo tiempo, reducir su incidencia efectiva si participa menos que los demás grupos.
La participación de las personas de 18 a 29 años había sido históricamente inferior al promedio nacional en las elecciones paraguayas desde 1998.
1,5 millones de jóvenes
El fenómeno electoral ocurre dentro de una población juvenil que continúa teniendo un peso considerable en Paraguay. La nueva Encuesta Permanente de Hogares Continua (EPHC) 2025, publicada por el Instituto Nacional de Estadística (INE), estima 1.525.855 personas de entre 15 y 29 años, equivalentes al 24,7% de una población estimada en alrededor de 6,2 millones.
La población juvenil está prácticamente repartida en tres grandes franjas: 501.903 tienen entre 15 y 19 años, 515.034 entre 20 y 24 y 508.918 entre 25 y 29. Además, el 74% reside en zonas urbanas y el 26% en áreas rurales.
Los datos del INE también muestran las condiciones en las que vive esa generación. Apenas 52,6% de las personas de 15 a 24 años asiste a una institución de enseñanza formal. La proporción llega al 54,7% en áreas urbanas y cae al 46,7% en las rurales. Alrededor de seis de cada diez jóvenes de 15 a 29 años están ocupados.
Las brechas aparecen también en salud y pobreza. Solo 24,9% de los jóvenes cuenta con seguro médico vigente, mientras que 219.202, equivalentes al 14,4%, viven en situación de pobreza. En el área rural la incidencia llega al 21,2%, frente al 12% de las zonas urbanas.
Estos indicadores no explican por sí solos por qué un joven decide votar o quedarse en su casa. Sí permiten dimensionar a una generación numerosa que estudia, trabaja y enfrenta problemas concretos vinculados con ingresos, educación, salud y condiciones de vida, al mismo tiempo que constituye una porción relevante del electorado.
De cara a nuevas elecciones, el peso numérico vuelve a colocar a la juventud en el centro de la disputa política. El desafío no está en demostrar que los jóvenes pueden tener incidencia electoral: los números muestran que la tienen. La distancia sigue estando entre formar parte del padrón y convertir ese peso potencial en participación efectiva en las urnas.